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  • juansoledo1

Pedro

Actualizado: 20 sept 2021



Pedro




Lo más valioso es lo que no se puede comprar, eso lo hemos sabido desde siempre. En nuestros días, casi todo se puede comprar, pero en tiempos de mi abuela no era así y ella lo sabía bien. Si continúa esta tendencia -que es lo más probable- dentro de poco tiempo todo se podrá comprar. “No todo lo que es oro brilla”, solía decir mi abuela cada vez que empezaba sus relatos, y, “a caballo regalado no se le mira el diente”, decía, cuando los terminaba. Con esto resultaba que, entre el oro y el caballo, mi abuela nos contaba toda su vida. Así, entre cuento y cuento nos tocó pasar todas las noches de nuestra niñez, escuchando relatos de toda índole, bajo un cielo oscuro y sin estrellas, sentados en el corredor de una casa vieja y destartalada, alumbrados por la luz verduzca de una lámpara de caperuza y por la sabiduría de mi querida abuela.

¡No todo lo que es oro brilla! Uno a veces mete la pata pero qué se le va a hacer. ¿Qué año fue aquél? Tuvo que ser más o menos entre el 30 y el 31. Bueno, el año no importa. Pedro era el agregado de don Jacinto Muñoz. Todos los domingos Pedro y don Jacinto Muñoz se encontraban en el parque de Caicedonía, en el Café Imperial, a las 10 de la mañana, para cuadrar las cuentas de la finca. ¡Nunca!, en 10 años de estar Pedro como agregado, había tenido fallos en las cuentas. Y desde que éste se encargó de la finca, la finca prosperó; ¡tanto!, que a don Jacinto le tocó comprar la finca lindante a la suya porque su tierra ya no le daba abasto para cumplir con sus obligaciones comerciales. Así, con una década de una próspera sociedad, los dos hombres se sentían satisfechos el uno del otro, el patrón del empleado y el empleado del patrón.

Don Jacinto Muñoz era un hombre magnánimo como ya hay muy pocos, pero no así el bellaco de su hijo. ¿Que por qué magnánimo?, pues porque era un hombre de noble temperamento, grandeza de espíritu y generoso; eso es ser uno magnánimo. En cambio Carlos, el hijo, no se parecía en nada al papá. A veces Carlos se reunía con ellos cuando cuadraban las cuentas de la finca. Uno de esos domingos Pedro estaba cumpliendo años, 28, o tal vez 29. Bueno, cuántos años cumplió no importa. Don Jacinto Muñoz le había dado un buen regalo en metálico a Pedro y los tres hombres, desentendidos ya de sus responsabilidades, se ofrecieron una tarde de aguardientes. En esas circunstancias, en el Café Imperial apareció el lotero del pueblo buscando a don Jacinto Muñoz. El lotero se paró al lado de la mesa donde el hombre estaba y le alargó un billete de lotería, diciendo: “acá está su número, don Jacinto”. Éste tomó el billete, lo colocó sobre la mesa, le pagó al lotero, le sonrió y se despidió de él, diciendo: “muchas gracias, José Antonio”. El lotero salió del Café Imperial y los tres hombres siguieron en su tertulia, entre copa y copa de aguardiente.

Años después, cuando Pedro me lo contó, yo no lo podía creer. Resultó ser que don Jacinto Muñoz cogió el billete de lotería que estaba sobre la mesa y lo partió en dos; una parte se la regaló a Pedro y la otra a su hijo Carlos. Éste se guardó su parte en el bolsillo y Pedro dejó la parte de él sobre la mesa. Cerca de media noche, cuando los tres hombres se levantaron para irse para sus respectivas casas, el primero en salir del Café Imperial fue Pedro. Su pedazo de lotería quedó sobre la mesa. Carlos recogió el pedazo de papel, se lo guardó tranquilamente en el bolsillo, diciendo: “yo se lo guardó a Pedro, papá”. Resultó ser que el número cayó, que ganaron el premio mayor. Cuando don Jacinto Muñoz se enteró de la buena suerte que tuvieron, se fue directamente donde Carlos para darle la buena nueva. El padre no encontró a su hijo en casa. Su nuera miró los ojos iluminados de su suegro, diciendo: “Carlos salió temprano para Cali, don Jacinto”.

Pasó un mes y Carlos no había vuelto de Cali. Resultó ser que Pedro a esas alturas no sabía nada del asunto de la lotería. Seguía trabajando como siempre y como siempre, se encontraba con don Jacinto Muñoz todos los domingos en el Café Imperial. Uno de estos días Pedro sí notó algo en el semblante de su patrón, como si éste estuviese preocupado. Pedro le preguntó a don Jacinto Muñoz si le pasaba algo y el buen hombre, con una mirada entristecida en su rostro, lo evadió diciendo: “no pasa nada, mijo”. Un domingo, su patrón citó a Pedro no en el Café Imperial sino en su casa. Pedro se asustó, pensó que lo iba a echar, pues nunca, después de que lo contrató, lo había vuelto a citar en su casa. Y precisamente ahora que Ligia, su esposa, esperaba su primer hijo. Ese domingo Pedro salió de la finca hacia el pueblo, diciendo, para sus adentros: “malhaya sea mi suerte”.xx

Lo que pasó aquél domingo en la casa de don Jacinto Muñoz no lo entendí muy bien. Lo cierto es que Pedro esa tarde volvió a la finca no como agregado sino como dueño de toda la propiedad. Don Jacinto Muñoz le pasó la escritura de la finca a su nombre y disolvieron la sociedad. Don Jacinto Muñoz le dijo a Pedro que aquello era por agradecimiento. Además, que él quería retirarse a descansar en su casa de Bogotá, que ya no quería saber nada de fincas. Eso fue todo lo que le dijo. Pedro se reusó mucho a aceptar aquel regalo pero don Jacinto Muñoz se mantuvo en sus trece. Y de esa maneara fue como Pedro se volvió rico. Luego prosperó muchísimo y pudo mantener a toda su familia hasta que Nuestro Señor se lo llevó al santo cielo.

Don Jacinto Muñoz y Pedro siguieron siendo muy buenos amigos durante muchos años. Se visitaban continuamente; ya el uno iba a Bogotá, ya el otro iba a Caicedonía. Don Jacinto Muñoz nunca más le volvió a hablar a Pedro de la suerte de Carlos y Pedro nunca más volvió a preguntar por él. Los dos hombres fueron muy buenos amigos hasta que don Jacinto Muñoz murió, en Bogotá, a la edad de 97 años. Que Pedro haya prosperado tanto y se haya vuelto uno de los hombres más ricos del Valle del cauca es por lo que yo vivo diciendo que “a caballo regalado no se le mira el diente”.


Juan Carlos Román Trujillo

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