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  • juansoledo1

Eso




Eso


Nadie ha podido precisar cuándo empezó. Hay quien sostiene que empezó con el nuevo milenio, allá en el año 2.000. Algunos afirman que empezó una década antes, cuando cayó el muro de Berlín. Otros dicen que fue la secuela de la segunda guerra mundial, del uso de armas atómicas. Los más serios sostienen la tesis de que es un daño colateral de la invención de la primera máquina de vapor, en el siglo XVIII, de la revolución industrial. Un grupo, no menos serio, da a entender que empezó con el descubrimiento de América o mejor dicho, con su saqueo por parte de los malditos españoles. Varios aseveran que empezó con el imperio romano, con su gran expansión. Muchos, más bien fanáticos, aseguran que empezó con la muerte de Jesús Cristo.

De entre los nuestros, hubo quien nunca lo vio. Otros, como yo, lo veíamos de cuando en cuando, como si se nos ocultara, como si existiera detrás de las cosas. Muchos, niños, lo veían siempre, como si se empecinara en horrorizar a los más jóvenes, como si quisiera enloquecerlos y, efectivamente, muchos niños enloquecieron. Las madres corrían desesperadas con sus hijos enloquecidos en los brazos, sin saber a dónde, sin saber por qué. Muchas de ellas también enloquecieron. Fue cuando, entre nosotros, proliferó la muerte. Los pequeños cuerpos sin vida empezaron a pulular por doquier. Primero se les encontró entre las bolsas de basura, luego en las alcantarillas, después en los solares y finalmente, los niños muertos aparecían abandonados en cualquier andén, en cualquier calle.

La primera vez que lo vi estaba detrás de un árbol. Se deslizó sigilosamente rodeando todo el tronco. Subió hasta las ramas y se explayó por todas las hojas verdes. Dio un salto y se encaramó en un poste del alumbrado público. Se arrastró sobre la cuerda de electricidad hasta quedar justamente en frente de mi casa. Pareció mirarme. Largo rato se estuvo ahí, quieto, como mirándome. Luego, como de un brinco, desapareció.

Lucia, mi hermana, fue la primera de nuestra familia en morir. Muerte fulminante, se podría decir. El último día de su vida estuvo con nosotros en casa. Después de tres meses y medio en el sanatorio, los especialistas nos aseguraron que estaba totalmente recuperada y que sólo le hacía falta un par de meses de descanso para volver a su rutina diaria. No descansó un par de meses sino que descansó eternamente. Cierto fue que su mejoría era evidente; había vuelto a mover los músculos de su cuerpo, había vuelto a caminar, había vuelto a hablar, incluso, había vuelto a reír. A pesar de su cara demacrada, de la extraordinaria delgadez de su cuerpo, de la falta de cabello, cejas y pestañas, de la ausencia de dientes en su boca, de la inexistencia de uñas en sus dedos, a pesar de todo, mi hermana estaba recuperada. El tiro se escuchó a las tres de la madrugada. Lucia tenía 14 años. La enterramos atrás, en el patio de la casa.

Primero cerraron las fronteras de los países, más tarde, las ciudades y los pueblos se cerraron. Escuchamos que en algunas partes estaba haciendo verdaderos estragos, arrasando comunidades enteras. Se decía que las calles de París se habían convertido en una enorme fosa común; que Londres estaba deshabitada, que todos los londinenses se habían arrojado, ahogándose en el mar, y que en los parques de Beijín todos los árboles estaban repletos de cadáveres colgantes. Con el paso del tiempo escuchábamos cosas cada vez más espeluznantes. Escuchamos que en Vancouver las personas se sacaron los ojos para no verlo; que en Lima las personas se desollaban así mismas con machetes; que en Yakarta los hombres estaban decapitando a todas las mujeres, y que en Abuya desenterraban los muertos, los cocinaban y se los comían.

La segunda vez que lo vi fue una noche de mi ya habitual insomnio. Miraba y miraba unas fotos familiares en el computador, cuando ahí, en una foto de mi niñez, estaba detrás de Lucia, escondido tras de ella. Se deslizó de la foto y salió por la pantalla del computador. Se arrastró sobre el teclado. Cruzó rápidamente el borde del escritorio y de un salto, se arrojó sobre mi cara. Se metió por mis ojos, mi nariz y mi boca. Lo sentí sobre todo mi cuerpo, adentrándose por cada uno de los poros de mi piel.

Cuando todo volvió a la normalidad, cuando las fronteras se volvieron a abrir, cuando los negocios se reestablecieron, apenas si se recordaba lo sucedido. Para la mayoría de las personas aquello fue sólo un mal sueño, una pesadilla que era mejor olvidar. Quizá, simplemente, nos acostumbramos a vivir con Eso. De entre los nuestros el 85% murió y el 15 % restante seguimos vivos, esperando morir. Sigo guardando, bajo la almohada, la pistola con la que se mató Lucia porque sé que aún está dentro de mí. Desde que se adentró en mi cuerpo no ha vuelto a salir de él. Lo escucho susurrar dentro de mi cabeza; lo siento revolotear dentro de mi estómago, apretujándolo; percibo cómo recalienta la sangre de mis venas; vislumbro cómo envenena mi corazón y diviso cómo va, minuto a minuto, ennegreciendo mi alma.



Juan Carlos Román Trujillo

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