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  • juansoledo1

Destino



Todos estábamos enfermos. Todos moríamos de la misma enfermedad. Lo extraño era que ninguno sabía qué hacer con la enfermedad. Unos se mataban trabajando, otros vagando y algunos soñando. Era como si nos resistiésemos, como si no pudiésemos aceptar nuestra condición de enfermos, de enfermos terminales. Los cuerpos sin vida empezaron a pulular. Los cadáveres dejaron de ser enterrados y empezaron a ser calcinados para que los muertos fuesen olvidados más pronto. La muerte, sin lugar a dudas, nos aterrorizaba. Algunos empezamos a sospechar que no sólo la muerte nos aterraba sino también el vivir. Entonces el pánico empezó a cundir. Las autoridades crearon grupos de seguridad con el fin de aislar, de separar a los sospechosos, de apartar a quienes sospechábamos. Al principio se cerró un barrio que se convirtió en gueto y luego los guetos estaban por doquier. Allí, en guetos, fue en donde nos encerraron. Camila era de los que soñaban y yo era de los que vagaban, por lo cual, al principio, nos encerraron en guetos distintos. Al poco tiempo los guetos se unieron unos con otros creando un gran gueto lleno de sospechosos. Ahí, en el gran gueto fue donde la conocí, donde conocí a Camila.

El síntoma más evidente de los soñadores era la necesidad de estar acompañados, como si siempre necesitaran hacer parte de algún grupo y el de nosotros, los vagos, era la necesidad de estar siempre solos, como si necesitáramos aislarnos perpetuamente. Pero al poco tiempo de nuestro confinamiento en el gueto, dichos síntomas se trocaron; los soñadores necesitaban estar solos y los vagos necesitábamos estar acompañados. Lo que produjo la catástrofe fue la incapacidad que teníamos, todos, de actuar según nuestras nuevas necesidades. Los vagos nos acercábamos a los soñadores y los soñadores se alejaban de nosotros. Nadie podía entender qué era lo que pasaba. Los primeros rechazos no fueron tan violentos, una palabra gruesa, un empujón, un pescozón y ya estaba, cada uno a su lugar. Pero al cabo de una semana de nuestro encierro compartido la sangre se derramó a raudales. Hombres y mujeres, ancianos y ancianas, niños y niñas, se despedazaron los unos a los otros. Armas de fuego, machetes, cuchillos, navajas, garrotes y piedras sirvieron fielmente para mermar la población del gueto a un 1 %. Como sobrevivientes de aquella cruenta matanza tuvimos que quemar todos los cuerpos en una gran pira, al aire libre, que duró más de un mes en extinguirse. Y el hedor, ese olor putrefacto a carne humana chamuscada nos acompañó el resto de los días dentro del gueto. Quizá aún, en aquel tenebroso lugar, se pueda olfatear el olor a la muerte incinerada.

En todo el gueto quedamos unas 100 personas. Lo cierto era que nadie sabía la cifra exacta. Luego de vivir estrechamente confinados, después de la matanza, cada residente del gueto tenía para sí una manzana de casas. Ninguno de los sobrevivientes volvió a intentar acercarse a otro. Todos seguimos viviendo aislados y si, por casualidad dos personas nos encontrábamos en la calle, deshacíamos nuestros pasos y salíamos corriendo, despavoridos, a escondernos en nuestros cuchitriles. Sí, seguíamos temiéndole a la muerte, pero también seguíamos temiéndole al vivir.

No sé en qué ocupaciones pasaban los demás los días, yo leí y cazaba ratas. La primera rata que comí me produjo una diarrea tan intensa, que durante tres días y tres noches no me pude despegar del retrete. Al cabo del tiempo uno se acostumbra a todo, incluso a comer ratas. Ahora que lo pienso, quizá aquella rata no la asé lo suficiente, quizá comí pedazos de su carne cruda y aquello fue lo que me enfermó. A veces salía a caminar por las calles desiertas, a altas horas de la noche. Detenía mi caminata, miraba el cielo estrellado y me preguntaba si yo seguía siendo un ser humano, si valía la pena seguir con aquella existencia solitaria, si en algún lugar, en el vasto universo, habría alguien dispuesto a compartir su existencia con la mía. Sentía cómo las lágrimas se esforzaban en salir de mis ojos, entonces suspiraba y me echaba a caminar. Rodeaba todo el gueto y volvía, al amanecer, a mi agujero.

Los días pasaban y del mundo, del otro lado del gueto no sabía cosa alguna. Quizá los otros enfermos, los que se mataban trabajando, seguían muriendo tranquilamente y se habían olvidado de nosotros, entonces lo mejor era que yo también me olvidara de ellos. Seguía leyendo; además, seguía cazando y comiendo ratas. Un día me percaté que estaba totalmente habituado a mi vida del gueto, que si, por alguna razón, debía abandonar aquella mi vida actual, la extrañaría enormemente. Quizá mi ser por fin se había acoplado armoniosamente a la existencia y quizá yo, sin quererlo, había resuelto el misterio de mi destino, a saber: que el ser, que mi ser, vibraba eternamente entre libros y ratas. Pero fue ella, Camila, la que lo echó todo a perder o, mejor dicho, la que me sacó de mi engaño.

Supongo que Camila apareció en mi vida como aparecen todas las mujeres que estamos destinados a amar, como un rayo, como un rayo que a veces nos incendia. De entre nosotros, los sobrevivientes del gueto, Camila fue la única que nunca se escondió. Quizá nunca dejó de ser una soñadora o quizá, simplemente, no le temía ni a la muerte ni al vivir. Yo la veía con frecuencia caminar las calles desoladas a cualquier hora del día. Cuando pasaba por mi manzana, frenaba sus pasos y desde la esquina, se quedaba largo rato contemplando mi morada; yo la veía, escondido tras las cortinas. Fue una mañana cuando llamó a mi puerta. Desde el balcón del segundo piso la contemplaba yo, machete en mano.

Abra la puerta -gritó desde abajo-. ¿Qué quiere? -le grité yo-. Charlar -replicó ella-. Estoy ocupado -le mentí yo-. ¿Haciendo qué? -preguntó ella-. Cazando ratas -vociferé yo-. ¿Para qué? -quiso saber ella-. Para comer -contesté yo-. Entonces Camila soltó una estruendosa carcajada. Hasta luego -se despidió ella-. Hasta luego -le contesté yo-.

A la mañana siguiente Camila estaba nuevamente llamando a mi puerta. Desde el balcón la observé. Llevaba un vestido blanco extraordinariamente limpio y calzaba unas valetas rosadas. Su piel trigueña parecía estar volviéndose más clara. Tenía su cabello negro recogido sobre la cabeza, lo cual permitía observar el intenso color café de sus ojos. Los delgados labios de su boca, rosados, hacían juego con su calzado. Sin lugar a dudas había, como todos nosotros, adelgazado, pero su delgadez era saludable, incluso se podía decir que estaba en plena forma; en la forma que debía tener una muchacha saludable de 26 años. Traía un paquete en sus manos.

¿Qué quiere? -le grité desde arriba-. Abra la puerta -contestó ella sin mirarme-. No puedo abrir la puerta -le advertí-. ¿Por qué no?- preguntó ella-. Enmudecí, no supe qué decirle ni pude mentir. Bajé corriendo las escaleras y abrí la puerta. Me entregó el paquete que traía y se fue. Espere -le dije-. No puedo -contestó riendo-. Dobló la esquina y desapareció. Yo corrí tras ella y la alcancé aún con el paquete en mis manos. Espere, por favor -le dije-. Ella se detuvo, volteó y me miró a los ojos. ¿Qué quiere? -me preguntó-. El contraste de nuestros aspectos era sorprendente. Yo vestía una bermuda sucia y nada más. Además, hacía más de dos meses que no me afeitaba; sin contar, que hacía tres días no me bañaba. Quizá mi apariencia desastrada fue lo que me cohibió y no supe qué decirle. Vamos -me dijo-. Me tomó de la mano y fuimos a mi casa.

Aquel fue el día más asombroso de toda mi existencia. Cuando Camila entró en mi agujero parecía como si lo conociese plenamente, como si hubiese vivido allí toda su vida. Me quitó el paquete de las manos y me dijo que me bañara mientras ella preparaba algo para comer. La obedecí. Me bañé, me afeité, me peiné y me vestí lo mejor que pude. Cuando bajé a la cocina la mesa estaba servida y Camila me esperaba mientras ojeaba un libro. Alzó su mirada y me sonrió. Su sonrisa iluminó toda la casa, todo el gueto, todo el mundo, quizá todo el universo. Nunca más volví a ver una sonrisa como aquella. Siéntese, es sopa de pollo -dijo-. Comimos juntos la deliciosa sopa de pollo. Es mejor que deje de comer ratas -me dijo-. Seguí en silencio. Me llamo Camila -continuó-. Ya lo sé -dije-. ¿Cómo lo sabe? -me preguntó, sonrojándose-. No sé cómo lo sé -le confesé-. Dejó la cuchara, miró fijamente mis ojos y preguntó cuál era mi nombre. Se lo dije. Se recostó en el sofá y durmió. Poco tiempo después ella volvió a soñar, volvió a ser la soñadora de antes. Soñó que salía del gueto y que yo la acompañaba. Desde entonces acompaño a Camila en su sueño, sin temor a la muerte ni al vivir.


Juan Carlos Román Trujillo




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