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  • juansoledo1

El olor



Entonces se me ocurrió la idea para un cuento. Un día todas las personas amanecieron sin narices y nunca más pudieron volver a hacer el amor. La idea me pareció bastante buena; además, podía incluir, en el escrito, unas cuantas metáforas acerca del individuo y la sociedad contemporáneos. Me senté a escribir y mientras el computador iniciaba me percaté de mi bloqueo; no podía escribir. Decir que me horroricé sería exagerar, pues ¿qué pasaría si no lograba escribir?, nada, no pasaría nada, nada de nada. Apagué el computador. Alcancé una botella empezada de whisky, agarré los cigarrillos y el encendedor y me senté en el antejardín a mirar la correría de la calle. A eso de las 11, ya borracho, apareció ella. ¡Qué hubo, parce! -fue su saludo-. Abrí la reja y la dejé entrar. Acerqué otra butaca a la mía y fui a la cocina por otro vaso. Serví los tragos y fumamos. Sabía que ella también estaba borracha. Busqué, dentro de mi cabeza alcoholizada, algo para decirle pero no encontré cosa alguna. Guardamos silencio.

Desperté (o me despertó) el recuerdo del olor de su cabello en mi almohada. Me sorprendió que después de tanto tiempo aún pudiera recordar aquél olor. Me paré para ir al baño y vi una nota sobre la mesa. Gracias por recibirme, parce -decía la nota-. Oriné y me cepillé los dientes. Hice café y lo bebí mientras fumaba un cigarrillo (mi desayuno). Encendí el computador y empecé a escribir el cuento.

A los periqueros no se les para pues tienen estropeadas las narices por meter cocaína. Entonces, por el bien de la humanidad, deberíamos volvernos todos cocainómanos. Lo que nos excita sexualmente, a mujeres y a hombres, es el olfato. Los tontos creen que es por la vista, que por ver un buen par de tetas o un culo grande o por ver a un hombre musculoso y lindo, se alcanza la excitación, ¡puff!, nada, es por los olores. En el colegio, cuando se me alborotaron las hormonas, me la pasaba olisqueando a todos mis compañeros, niños y niñas, incluso olía a los profesores, de ahí mi apodo: La canina. Nunca me gustó ese apodo pero lo prefería a que me llamaran, por ejemplo: La perra. La primera vez que hice el amor con mi novio fue en el baño del colegio. Estuvo bien pero no tan bien. Yo esperaba otra cosa. Había fantaseado noche tras noche con que él me desvestía, que me lamía y me chupaba todo el cuerpo, que me penetraba una y otra vez por delante y por detrás, que me dejaba seca y que volvíamos a empezar una vez más. Pero lo que sucedió fue muy distinto. Él se sentó en la taza del inodoro con los pantalones abajo y su miembro ya erecto. Yo le agarré el pene, me subí la falda, me eché para un lado el calzón y me senté sobre su erección metiéndolo en mi vagina. Nos besamos y cuando empecé a moverme él eyaculó. Quedó pálido y frio. Yo quedé colorada y caliente. Una aseadora nos pilló. Nos llevaron a rectoría y nos suspendieron por 15 días. A final del año, eché a mi novio.

Cuando conocí a La canina ya todos habíamos perdido las narices. Lo grave no fue perder esa protuberancia de las caras y quedar, todos, con una cara más o menos plana, lo grave fue el hecho de perder un sentido, el olfato. Su nombre es Isabel Cristina pero ella, quizá por una dulzona nostalgia, prefiere que le digan: La canina. Yo nunca la he llamado así (me parece denigrante), por eso cuando hablamos me dirijo a ella con el pronombre personal: tú. La primera vez que la vi quedé sorprendido por su belleza. A diferencia de las demás mujeres, que sin nariz se veían grotescas, a Isabel Cristina parecía que dicha ausencia la había beneficiado, al menos, en el plano estético.

Hacer el amor sin nariz no es posible, parce - me decía ella-. Lo que no es posible es no volver a hacerlo -le contestaba yo, riendo-. Lo que pasa es que los hombres quieren meterlo, moverlo, eyacular y ya; pero eso no es hacer el amor; eso es masturbarse con una vagina. ¿Sabe una cosa, parce?, yo nunca hice el amor y ¿usted? Yo soy virgen -le decía, entre carcajadas-. En esa época, al salir de la universidad, nos adentrábamos en algún barsucho a beber cervezas sin sabor, pero como las de antes, también emborrachaban. A la hora del cierre, salíamos apoyados el uno en el otro, abordábamos un taxi y nos dirigíamos a su apartamento. A veces me invitaba a entrar y a veces no.

Más de un año duró la locura generalizada después de la perdida de las narices. No fue un estado caótico y violento, sino un desorden desesperado y triste. Las investigaciones científicas nunca dieron con la causa de este extraño fenómeno y los religiosos lo explicaron cobijándose en sus dioses. Se desarrollaron nuevas técnicas de cirugía plástica, de trasplantes y de injertos pero ninguna resultó, ninguna pudo restituir la nariz en una cara humana. Poco a poco, como pasa siempre, todo volvió a la normalidad o mejor dicho, todos empezamos a vivir nuestra nueva vida con un sentido menos, sin olfato. Los niños empezaron a nacer sin nariz y por primera vez en la historia de la humanidad los recién nacidos fueron preciosos. Si bien los jabones, las fragancias y los perfumes se volvieron fútiles, el maquillaje y el vestir cobraron una importancia insospechada. Como no nos podíamos oler nos teníamos que ver. Y así fue, así fue como La canina me vio a mí.

Creo que estoy perdiendo la vista, parce -me dijo Isabel Cristina-. Yo quedé congelado, en silencio; no supe qué decir. Era curioso que, después de tanto tiempo de conocernos (más de treinta años) y que siendo ambos casi ancianos, siguiera refiriéndose a mí así: parce. También estoy perdiendo la memoria -agregó-. Un frío recorrió todo mi cuerpo, también yo estaba perdiendo la memoria pero no se lo había dicho a nadie; me daba pavor. Para eso es a lo que venimos a este mundo, dijo, para ganar y después perder o para perder y después ganar -sonrió-. Fui hasta la cocina, saqué una botella de whisky de la nevera, agarré dos vasos y volví a la habitación. Estaba tan encantadora como siempre. Desnuda sobre aquella sábana blanca, con su cabello negro desparramado sobre la almohada, mirando el techo con sus hermosos ojos café, pasándose las yemas de sus dedos sobre el vientre. Se sentó con la espalda apoyada en la cabecera de la cama, yo me senté en la mecedora al lado de la ventana. Bebimos.


Juan Carlos Román Trujillo







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