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  • juansoledo1

Hablaron



La primera vez creí que era un rescoldo de mi enfermedad. Creí que se trataba de una secuela frenética del delirium trémens que venía padeciendo en aquella época nefasta. Sin dar crédito a lo que escuchaba, afiné mis ojos y la visión no correspondía con lo que se adentró en mi oído para retumbar, machacón, dentro de mi cabeza. Se dirigía precisamente a mí, a mí, como si me conociera de antaño; me llamaba por mi nombre. La observé. La dejé sobre el comedor. La cambié de posición. La volví a meter dentro de la sopa, en el plato. La agarré y la llevé al lavaplatos. La lavé. La estregué una y otra vez. Quise dejarla en su sitio, en el platero, pero la cuchara seguía hablándome. Lo curioso no era que la cuchara me hablara. Lo curioso era que la cuchara no gesticulara de ninguna manera; era como si una voz, una voz de mujer, viviera dentro de ella y sin razón alguna, porque sí, le hubiese dado por conversar conmigo.

Dos días después de la cuchara le tocó el turno al cepillo de dientes. Era la voz áspera, gangosa y entrecortada de un fumador empedernido. A diferencia de la amable cuchara el cepillo de dientes me llenó de improperios. Que yo era un hijueputa. Que la crema dental que utilizaba no le gustaba. Que odiaba mis dientes despicados. Que aborrecía tener que lavar mi rosada lengua. Que detestaba el sabor acibarado de mi saliva. Que despreciaba enormemente el porta-cepillo donde lo guardaba. Que maldecía la hora en que lo compré. Como nunca me ha gustado el conflicto, acomodé el cepillo de dientes en su lugar con la firme intención de no utilizarlo más. Y así lo hice. A la mañana siguiente compré un cepillo de dientes menos grosero, un cepillo de dientes más amistoso.

Por esos días la almohada, la cobija, la cama y el colchón también empezaron a hablar. A la almohada le gustaba susurrarme historias, como cuentos para dormir. A la cobija, con su voz de anciana, le gustaba llenarme de consejos: que debía dormir más; que debía dejar de beber; que no era bueno que fumara; que me consiguiera una novia… La cama siempre se ponía a discutir con la cobija. Le oía decir cosas como: ¡no sea metida, vieja malparida!; entonces la cobija empezaba a sollozar y se quedaba en silencio el resto de la noche. Al colchón le encantaban las historias lujuriosas. Hablaba de los arenes que existían en Mesopotamia; de cómo los Mayas desfloraban a las doncellas; de los aquelarres de las brujas de la edad media; de las orgias de los Romanos y los banquetes de los antiguos griegos. Yo sufría una gran excitación escuchando las historias del colchón, tanto, que la cobija y la cama se exasperaban conmigo, mandándome a dormir en el suelo, en la otra habitación.

Cuando mis zapatos hablaron ya no lo aguanté más y desde entonces estoy aquí, recluido en este centro de reposo que no es más que un manicomio. Aunque, lo sé bien, yo no estoy loco, es mejor que estos médicos y enfermeros estén vigilándome. Además, me gustan las drogas que me dan. Puedo dormir largamente. Desde que estoy aquí, en esta habitación sin cama, no me permiten utilizar ropa alguna. Tampoco puedo utilizar utensilios de aseo. La comida me la da un enfermero en una manguera que, claro, también me habla, pero yo no le presto atención a lo que dice. Seguramente este estado, apartado de los objetos, no me permita vivir mucho tiempo más, pero no me preocupa; pues, no me preocupa morir como nunca me preocupó vivir. Lo único que lamento es no poder hablar, de cuando en cuando, con una cuchara, un lapicero, un encendedor, un cuchillo o un par de medias. Pero es un medio lamento, porque, desde que me tengan drogado, sin lugar a dudas estaré mejor.


Juan Carlos Román Trujillo






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