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  • juansoledo1

Muertes naturales






Seguía pensando en la muerte. Seguía pensando qué pasaría en su último instante de vida. ¿Estaría consciente o la consciencia lo abandonaría? Pero, ¿qué diferencia habría? En todo caso, un segundo después de su último instante su existencia empezaría a desintegrarse, quedaría un cuerpo inerte y tras él un recuerdo inerte. ¡Eso es todo! El mundo también desaparecería al desaparecer su consciencia, pero, ¿y si la consciencia permaneciera después del último estertor de su cuerpo? No obstante, ¿cómo podría sustentarse una consciencia sin un cuerpo, sin un cerebro que funcione? ¡No, al morir el cuerpo la consciencia muere con él!

Encendió un cigarrillo y fumó tranquilamente mientras miraba los carros que pasaban por la calle. Un gato apareció en la puerta de la casa, lo miró y siguió su camino hacia adentro. Quiso pararse, ir hasta la nevera, sacar la leche y servirle un poquito al gato errante pero no lo hizo. Siguió fumando tranquilamente, mirando la calle. Escuchó timbrar el teléfono pero no lo contestó, lo dejó sonar y sonar. La tarde estaba oscureciendo. El día le daba entrada a la noche mientras las gentes seguían dirigiéndose hacia algún lugar, mientras él miraba a las gentes y mientras el gato lo miraba a él. Quizá, al mismo tiempo, una cucaracha mirara al gato; quizá, en ese preciso instante, una lagartija mirara la cucaracha; quizá, a la vez, un zancudo mirara a la lagartija; quizá, a la par, un ciempiés mirara al zancudo; pero todo esto no lo sabemos, por lo tanto, no nos atrevemos a dar fe aquí de ello.

Luisa lo había visto desde que bajó del taxi. Otra vez mirando la calle, otra vez sin hacer nada -pensó-. Estaba cansada pero no de su jornada laboral. Estaba cansada de su existencia rutinaria, estaba cansada de su vida y por supuesto, estaba cansada de él. Aún sentía un apretujón doloroso en su vientrebajo que le hacía dificultoso el caminar y aún tenía incontables lágrimas que derramar, pero no las derramaría delante de él, pues él era el culpable de todo. Sabía qué debía hacer. Debía entrar en la casa, recoger sus cosas, hacer su maleta y largarse. Lo que no sabía era adónde ir. Podía ir a vivir con sus padres pero no quería hacerlo. Podía seguir viviendo sola pero no quería estar en la misma ciudad ni en el mismo trabado donde él podría encontrarla fácilmente. Quería irse muy, muy lejos y nunca más volver. Buscó algo en su bolso, abrió la reja y entró en la casa. ¡Hola! -dijo-.

Los dos cuerpos fueron enterrados el mismo día, a la misma hora y en el mismo cementerio; uno al lado del otro. A la derecha, Luisa María Sánchez Mora, de 25 años, nacida el 10 de junio de 1989 en Medellín, Antioquía; muerta el 11 de abril de 2015 en Armenia, Quindío. A la izquierda, Daniel Giménez Osorio, de 26 años, nacido el 18 de octubre de 1988 en Armenia, Quindío; muerto el 10 de abril de 2015 en Armenia, Quindío. A la derecha lloraron varios de los acompañantes. A la izquierda nadie lloró ni nadie acompañó. La tumba de la derecha quedó cubierta de flores, la de la izquierda quedó cubierta de pisotones. A la tumba de la derecha pronto se le puso una lápida, la de la izquierda nunca tuvo lápida alguna. A la tumba de la derecha la visitaron muchas veces, a la de la izquierda nadie visitó. Los restos de la tumba de la derecha fueron depositados en un osario, los de la izquierda se arrojaron en la fosa común.

“Más sabe el Diablo por viejo que por diablo”- empezó diciendo doña Marina a uno de los policías que llegaron al lugar-. Cuando vi las patas de mi gato untadas de sangre me asusté y salí a mirar. ¡Claro, las huellas de Michín están ahí, en el andén, mire usted! Entonces seguí las pequeñas huellas de sangre y mire, llegan hasta el antejardín de la casa de ese muchacho; pero mire, mire usted, ahí todavía se ven claritas las huellas del gato. Entré en el antejardín y toqué… Toqué y toqué y nadie me abrió. Eso me olió mal y los llamé a ustedes. Mientras que llegaban ustedes volví a salir y desde entonces estoy aquí. Pero, sabe usted algo, agente, tengo un mal presentimiento. El agente de policía escuchaba, fastidiado, a la señora, mientras un cerrajero intentaba abrir la puerta de la casa. Ya se puede ir, señora, gracias por todo -le dijo el policía a doña Marina-. ¡Eso ni riesgos!-contestó ella, saliendo del antejardín-. Entretanto, por fin el cerrajero terminó de abrir la puerta.

Los que hicieron el levantamiento del cadáver llegaron a eso de las 7 de la noche. Doña Marina y los demás vecinos sólo vieron una camilla como con un cuerpo cubierto con una sábana verde que empujaban dos hombres uniformados como médicos y con máscaras quirúrgicas en las caras. La camilla fue subida en la parte de atrás de una camionetapatrulla, ésta se puso en marcha, encendió las sirenas y se fue hacia algún lugar que ninguno de los vecinos conocía con precisión. Los agentes de policía apagaron las luces de la casa y cerraron la puerta, sobre ésta pegaron una notificación policial, se subieron en sus motos y se fueron sin decir cosa alguna. A doña Marina la embargó el asombro. ¿Qué era todo aquello? ¿Qué fue lo que pasó en la casa de ese muchacho? ¿Por qué los policías no dijeron algo? ¿A quién se le podría preguntar? A eso de las 9 de la noche doña Marina se dirigió a su casa. No quiso comer. Se empijamó, rezó el rosario y se acostó a dormir, en la misericordiosa paz de Nuestro Señor.

Cuando Luisa entró en su casa aún le temblaba todo el cuerpo. Se tiró en el sofá y allí permaneció varias horas sin poder pensar en nada. Todo ese tiempo no estuvo despierta ni estuvo dormida; todo ese tiempo habitó la nada. Cuando volvió en sí, se incorporó en medio de una oscuridad cerrada y a tientas, buscó el encendedor de la luz en la pared. Le echó una ojeada al reloj de la sala; las 3 y 10…, ¿de la tarde o de la madrugada? No pudo precisarlo. Fue hasta la cocina, sacó leche de la nevera, sirvió un vaso y lo bebió parada, mirando la pared. Lavó el vaso en el lavaplatos y lo acomodó en el platero. De éste cogió un cuchillo y se dirigió hacia el comedor. Puso el cuchillo sobre la mesa y se sentó. Empezó a sentir sus manos pegachentas. Empezó a sentir que todo su cuerpo estaba sucio, como embadurnado de algo viscoso. Se desnudó completamente dejando todas sus ropas en el suelo. Miró sus muslos, su entrepierna, su abdomen que seguía con el maldito apretujón doloroso; se palpó los senos. Agarró el cuchillo y se dirigió al baño.

Quien la encontró muerta fue su tía. A eso de las 8 de la mañana, todos los días, la señora iba hasta allí a organizar la casa, hacer las compras, preparar el almuerzo y demás. Al entrar, la tía se extrañó al ver ropas tiradas al lado del comedor. Llamó en voz alta y nadie contestó. Aguzó el oído y distinguió un tenue caer de agua en la ducha. Se dirigió al baño, empujó la puerta que estaba entreabierta y vio, a través de la cortina plástica, como un bulto oscuro tirado en el piso. Corrió la cortina y por fin la distinguió. El cuerpo sin vida de Luisa estaba tendido en el suelo de la ducha. Recostada la nuca sobre la pared, un pequeño chorro de agua le caía directamente en la frente, despejando el pelo negro de sus ojos café. El agua se deslizaba por la cara, bajaba el cuello, cruzaba los senos, seguía el camino abdomen abajo y desaparecía entre la entrepierna. Las dos muñecas de sus dos brazos tenían cortadas profundas de las cuales aún se destilaban gotas de una sangre negruzca. Bajo su muslo derecho se podía ver la cacha negra de un cuchillo de cocina.

Nadie supo con absoluta certeza qué relación tenían aquellos dos cuerpos que fueron enterrados el mismo día, a la misma hora y en el mismo cementerio; uno al lado del otro. Tampoco nadie supo con absoluta certeza las causas de las dos muertes. En ambos casos se habló de suicidio, pero esto nadie lo pudo corroborar. Doña Marina siempre estuvo convencida de que a ese muchacho lo habían asesinado…, pero ¿quién?, nunca lo pudo precisar. La tía de Luisa dijo que su muerte se debió a un derrame cerebral, cosa que nadie creyó, pues rondaba la hipótesis de que su muerte se debió a un aborto mal realizado, lo cual quería ser encubierto por aquella para defender la honra de su sobrina muerta. Cuando me contaron estos sucesos me creí con la suficiente destreza para esclarecer, al menos, las causas de las dos muertes. Pero mi investigación, es decir, mi destreza, no me llevó a ningún lugar. Las dos actas que me permitieron observar en medicina legal dicen que las dos muertes fueron muertes naturales… Pero, ¿muertes naturales?



Juan Carlo Román Trujillo





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