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La muerte del Negro Guzmán






Bajo el inclemente sol de la una de la tarde el pueblo seguía arremolinado alrededor de la estación de policía. De acuerdo a las brutales arengas de la muchedumbre enfurecida aquello iría para largo. El teniente López, desde la ventana del segundo piso, miraba consternado el creciente acaloramiento de los parroquianos que exigían justicia a toda costa. Los dos cabos, García y Muñoz, empapados de sudor, enmudecidos y aterrorizados, cargaban y volvían a descargar con nuevas municiones los revólveres, las pistolas, las escopetas y las metralletas, que iban acomodando sobre el escritorio del jefe López, al lado de las granadas de mano. A ninguno de los tres policías se le pasó por la cabeza, en ningún momento, entregar al detenido a aquella horda acezante que, sin lugar a dudas, lo lincharía, saciando así, con sangre, su deseo de justicia. Otro tiro de revólver se escuchó en la calle seguido de la mil veces repetida proclama: “muerte, muerte para el asesino”.

A eso de las once de la noche, mientras él seguía mirando la televisión en la sala, escuchó el frenazo, el abrir y cerrar de puertas y la posterior acelerada de un carro en la calle. Cuando miró por la ventana vio un bulto tirado sobre el andén de su casa. Se apresuró hacia la puerta y abrió. Miró el cabello castaño pegachento sobre su espalda. Vio el vestido blanco arrugado, rasgado y mugriento. También observó el calzón mal puesto a la altura de las pantorrillas. Se percató de que le faltaba uno de sus zapatos. Y vio que los muslos de su hija estaban ensangrentados y sucios.

Hacía muchos años que nadie le decía Negro; menos aún, desde que se hizo alcalde. A partir de su primer mandato ya era querido por la mayoría del pueblo. Cumplía con esmero su tercer periodo por elección casi unánime tratando de mejorar no su posición sino la vida de las personas bajo su pequeño gobierno. Era un buen alcalde y se enorgullecía de serlo. Los curas lo querían, los policías lo querían, el gobernador lo quería, los maestros lo querían, los comerciantes lo querían, las personas que trabajaban con él lo querían, su familia lo quería y también, claro está, la gente de a pie lo quería. No era que hubiese colaborado con la mejoría de las condiciones de vida de las personas, porque, como a veces lo decía: “¡en este país de mierda todo está cagado!”. En realidad, el pueblo seguía siendo casi el mismo de antes que él; las mismas calles sin pavimentar, las mismas aulas del colegio sin pupitres, las mismas casuchas de bareque por doquier, el mismo servicio de trasporte público apretujado, los mismos almacenillos de ventas de baratijas… Pero sí era cierto que el alcalde Guzmán se preocupaba por las personas y hacía todo lo que estuviera en sus manos para ayudarlas.

El teniente López no dio la orden, sino que él mismo abrió fuego. Los cabos García y Muñoz se miraron perplejos tras el estallido del disparo. La muchedumbre se desbandó rápidamente a izquierda y derecha, a gritos, a empujones, a pisotones y pescozones, dejando ver, en solitario, un cuerpo de hombre adulto tirado en la mitad de la calle. La sangre formó un charco reluciente que se extendía bajo la espalda del hombre muerto. El jefe López siguió apuntando el revólver a mano firme, desde la ventana del segundo piso, sin decir palabra alguna. Los dos cabos le quitaron los seguros a sus metralletas y se tiraron al suelo, boca abajo, en el corredor del primer piso, apuntando hacia la puerta de la entrada de la estación de policía.

A las once y diez de la noche levantó el cuerpo sin vida de su hija, entró, cerró la puerta de la casa y descargó a la muerta sobre la alfombra de la sala. Apagó el televisor y se sentó en la misma mecedora donde, no hacía más de un momento, veía tranquilo una película vieja, mientras esperaba a que su hija, viva, regresara a casa. Posó su mirada sobre aquel cuerpo asediado por el rigor mortis y se estuvo contemplándolo el resto de la noche y todo el amanecer. Ni lloró, ni rezó, ni se encolerizó. Supo con extraordinaria claridad, desde el primer momento, qué era lo que tenía que hacer.

Por una de esas cosas que nadie puede explicar y a algunos les da por llamar Destino, la última noche con vida del alcalde Guzmán no la pasó en su casa, en el parque del pueblo, sino en la finca de su hijo mayor, Rafael, a tres kilómetros de distancia, hacia el sur. A pesar de lo desaforado de la parranda, la mañana siguiente, la última de su vida, llegó a la alcaldía con la puntualidad de siempre, a las siete y cincuenta y cinco. Saludó cortésmente, como era habitual, al vigilante de la portería. Cruzó el pasillo y subió las escaleras hasta su oficina y al entrar en ésta, le preguntó a María, su secretaria, cuál era el orden del día. María, después de darle los buenos días a su jefe, le extendió un folio que contenía todos los asuntos oficiales que debían ser atendidos en el transcurso de la jornada. Con su acostumbrada cortesía le pidió a su secretaría una taza de café negro y se adentró en su despacho. Después de dejar el folio sobre la mesa de reuniones, el alcalde Guzmán abrió el gran ventanal de su oficina que daba al parque, miró la iglesia, miró su casa y tras un par de suspiros, se acomodó en su escritorio de trabajo.

Los teléfonos de la estación de policía seguían sonando y, asimismo, seguían sin ser atendidos. El teniente López bajó al primer piso, revólver en mano. Le indicó al cabo García que subiera a la segunda planta y en la ventana, ocupara su lugar. Al cabo Muñoz le hizo un gesto para que siguiera dónde estaba, en el suelo, apuntando la metralleta hacia la puerta de entrada. El jefe López se apresuró hacia el calabozo de la estación. El detenido estaba agarrado a los barrotes de la celda, con los sentidos alertas, pero con cierto aire de tranquilidad que al teniente López le pareció extraño. Cuando sus miradas se cruzaron ninguno de los dos, ni el policía ni el detenido, dijo cosa alguna. El teniente se sentó al final del corredor, en una banca, contra la pared. Completó la munición de su revólver y aguzó la vista hacia el otro extremo, hacia la entrada del calabozo.

Siguió contemplando, inmóvil, el cadáver, el cuerpo ultrajado y sin vida de su joven hija, hasta las siete y cincuenta de la mañana. Se incorporó de la mecedora, se vistió la chaqueta, se dirigió a la cocina, agarró un cuchillo grande que enfundó entre el pantalón y su pierna izquierda y salió de su casa. Caminó a paso firme las seis cuadras que lo separaban de su destino. A las ocho en punto cruzó la plaza del parque. El vigilante de la portería de la alcaldía anotó su nombre en el libro de visitantes y lo dejó entrar. Cruzó el pasillo, subió las escaleras, atravesó la puerta del despacho del alcalde y encontró al Negro Guzmán sentado en su silla, detrás del escritorio, con los ojos cerrados pero despierto. Corrió hacia el alcalde mientras desenfundaba el cuchillo y saltando el escritorio, se lo clavó en medio de la garganta. Con un fuerte movimiento de la mano derecha le tasajeó la tráquea y vio, por un instante, la mirada atónita del Negro Guzmán mientras se desangraba y se afanaba por respirar. Cuando salió de la alcaldía, cruzó nuevamente la plaza del parque y se dirigió a la estación de policía, cuchillo ensangrentado en mano. Cuando lo encerraron en el calabozo el Negro Guzmán llevaba cinco minutos de estar muerto.

La tarde que enterraron al alcalde, el detenido seguía estando en el calabozo de la estación de policía. Quiso, en lo más hondo de su alma, estar presente en el cementerio para volver a matar al Negro Guzmán. Su hija, violada y asesinada, fue enterrada un día antes, en la mañana, con la sola asistencia del teniente López y los cabos García y Muñoz. Dentro de la concurrencia multitudinaria del entierro del Negro Guzmán siguió oyéndose, en susurros, aquí y allá: “muerte, muerte para el asesino”.


Juan Carlos Román Trujillo



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