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  • juansoledo1

La niña de los guantes

Actualizado: 20 sept 2021






Si bien no se había acostumbrado a su actual condición, ya había olvidado su condición anterior. Era como si siempre hubiese sido así, aunque sabía que antes era de otra manera, sólo que no podía recordar cómo era aquella otra manera. Había sido una niña como cualquier otra niña, juguetona y algo coqueta. Unos meses atrás experimentó el deseo inexorable de abrazar un niño, de tocarlo y que ese niño la abrazara a ella, la tocara. Así pasó noches enteras removiendo su imaginación y revolcando su cuerpo treceañero bajo las cobijas. Cuando por fin se decidió, cuando por fin encontró al niño adecuado, ya aquello había ocurrido y ya no podía tocar, pero se dejó tocar. Se dejó tocar sin tocar; como si su deseo se hubiese cumplido a medias.

Seguía manteniendo aquello en secreto. Quizá el niño que la tocó sospechó algo, pero no dijo nada. Además a ese niño no lo volvería a ver jamás. Todo dependía de ella, estaba en sus manos (literalmente) el que continuara pareciendo una niña normal, seguir una vida normal, convertirse en una joven normal y luego, en una mujer normal. Además, estaba la amenaza de que si alguien, por ejemplo su mamá, o alguno de sus novios venideros, o su esposo, o alguno de sus hijos, o alguno de sus nietos o quizá, algún bisnieto se enterara de aquello, seguramente la encerrarían en un hospital, en un manicomio o peor aún, en un convento. También cabía la posibilidad de que si alguien se enterara de su condición le ofreciese trabajar en una exhibición de fenómenos, en un circo o en una feria de pueblo, pero ella nunca querría eso; ella sólo quería ser alguien normal.

Bien mirado, había afrontado su infortunio con gran presteza de espíritu, con un temple de carácter que ella ignoraba poseer. Otra niña, en su lugar, habría llorado torrentes inimaginables de lágrimas, proferido gritos monstruosos, se habría rasgado no sólo las vestiduras sino también la piel, se habría arrancado mechones de pelo dejándose totalmente calva; se habría, como el rey Edipo, clavado agujas en los propios ojos; habría salido a correr desnuda por las calles y se habría refugiado en un espeso bosque en espera de que alguna fiera la devorara; pero no ella; ella seguiría pareciendo una niña normal. Lo importante, lo único que tenía que hacer, era evitar que alguien, aparte de ella, supiera aquello.

Al principio pensó no tocar cosa alguna, pero esta estrategia la delataría muy, muy pronto. Entonces le pareció extraordinariamente grande el número de objetos con los que nos la tenemos que ver días a día. Pensó cómo podría lavarse los dientes sin tocar el cepillo, cómo podría vestirse sin tocar la ropa, cómo podría meterse en la cama sin tocar las cobijas, cómo podría encender el televisor sin tocar el control remoto, cómo podría desayunar sin tocar la cuchara, cómo podría bañarse sin tocar el jabón, cómo podría pagar el pasaje sin tocar las monedas, cómo podría ir en el bus sin tocar la baranda, cómo podría abrir la puerta del salón sin tocar la perilla, cómo podría escribir sin tocar el lapicero, cómo…

Luego se le ocurrió que, quizá, utilizando guantes podría volver a tocar como antes. Buscó unos guantes de lana en el fondo del armario, enfundó rápidamente sus dos manos en ellos y sí, sí pudo volver a tocar pero no como antes. Los guantes se humedecieron apenas ella tocó la colcha de la cama e inmediatamente después les empezó a chorrear ese algo viscoso que se debía ocultar. Se quitó ligeramente los guantes de lana mojados y salió de la habitación, corriendo, hasta el patio. Miró el fregadero y sí, ahí estaban; ahí estaban los guantes de caucho negro con los que su mamá lavaba la ropa. Metió las dos manos en ellos y volvió a su habitación. Se sentó en el borde de la cama y no sin poco temor, empezó a tocar otra vez la colcha. Pasaba y repasaba sus manos enguantadas sobre el colchón y sentía cómo los guantes de caucho se iban llenando como de un líquido, de un líquido más o menos espeso, de un líquido más o menos tibio, y sentía cómo sus manos se hacían más y más pesadas. Antes de que se cumpliera un minuto de tocar la colcha de la cama, ese algo viscoso que ella debía ocultar empezó a derramarse sobre sus antebrazos.

Después, y como sabía que aquello se producía solamente en las yemas de los dedos de sus manos, decidió arrancarse las huellas digitales. Buscó una cuchilla en el costurero de su madre y arrinconada en lo más hondo de la ducha, empezó la horripilante tarea de tasajearse los dedos. La sangre y las lágrimas corrieron a raudales, arrastrando con ellas sus gritos mudos hasta el sifón. Cuando terminó con su décimo dedo estaba tan, pero tan agotada, que tuvo que echarse a descansar sobre el piso frío de la ducha y se quedó dormida, al instante. Cuando despertó, miró las vendas de sus dedos ensangrentadas. Se incorporó y empezó el doloroso trabajo de cambiarse las gasas y los esparadrapos de sus diez dedos. 30 días después, gracias a su pertinentísimo cuidado, todos los dedos de sus manos estaban recuperados; claro está, que sin ni un asomo de huella digital en ninguno.

Con la zozobra que experimenta aquél que no está seguro de haber realizado bien una delicada tarea que se le encomendó, así ella contemplaba sus dedos sin hullas y no se atrevía aún a tocar cosa alguna. Por fin se decidió y tocó. Tocó los muslos de sus piernas y ahí, sobre su piel tersa y blanca, sobre los pelillos dorados de sus muslos de niña, ahí estaba otra vez ese algo viscoso que ella debía ocultar. Sintió que iba a llorar pero no lo hiso, o quizá sí, pero se tragó sus lágrimas, quizá lloró para adentro. Se cubrió la cara con las dos palmas de las manos, como hace aquél que no quiere ver y se quedó un buen rato así, tratando de pensar, buscando otra idea, otra manera para continuar pareciendo una niña normal. Entonces, como le pasaba siempre, la idea le llegó.

Las primeras cuatro veces perdió el conocimiento y estuvo a punto de morir desangrada. La quinta vez sufrió un ligero desmayo. De la sexta a la décima, lo hizo todo con plena conciencia, cada vez mejor, cada vez de una manera más experta; diríase más profesional. Desde la primera a la décima vez transcurrieron setenta y un años. Quizá cada vez se demorara más o menos 7 años en tomar la decisión. Quizá necesitaba este tiempo para recuperarse del procedimiento inmediatamente anterior; porque sí, fueron procedimientos los que realizó, procedimientos quirúrgicos; gracias a los cuales, pudo parecer una niña normal, seguir una vida normal, convertirse en una joven normal y luego, en una mujer normal. Pudo parecer normal hasta el día de su muerte, pues murió como una anciana normal.

Los trabadores de la sala de velación, los que arreglaron por última vez ese cuerpo sin vida para ser puesto en un ataúd delante del cuál se derramarían lágrimas, se rezarían rosarios y se murmurarían infinitud de chismes de muertos y de vivos; esos trabajadores fueron los que, al quitarle los guantes de las manos a la anciana muerta (para lavarlas y luego ponerles otros guantes más bonitos), se dieron cuenta de que a cada uno de aquellos dedos de aquellas huesudas manos le faltaba la falangeta. Después del horror inicial, les vino un profundo asombro y luego, siguieron su trabajo. Lavaron las manos incompletas de la anciana muerta, le enfundaron unos bonitos guantes y terminaron de organizarle el vestido. Acomodaron el cuerpo dentro del ataúd y lo llevaron hasta la sala de velación, donde ya esperaban algunas personas que susurraban y tomaban café.


Juan Carlos Román Trujillo

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