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  • juansoledo1

Metamorfosis



El anciano pasaba hoja tras hoja del álbum, mirando las fotos. Había vivido una vida plena. Había estudiado, trabajado, viajado, amado; había tenido hijos, nietos y bisnietos. A veces, en las madrugadas, recorriendo de aquí para allá toda la gran casa desolada, se sentía solo. Extrañaba más que todo a su mujer. Nueve años atrás la había enterrado; cáncer de pulmón. Él también fumaba pero nada, la muerte no se lo llevaba; pulmones de atleta, le decía su médico. Cerró el álbum de fotos, lo acomodó en su sitio, en la estantería de la sala y se dirigió al baño. Hacía algunos años que orinaba con gran dificultad, por eso, hacía algunos años orinaba sentado sobre la taza del inodoro, como las mujeres. Era como si las gotitas de orina se arrastraran por su vieja uretra con una extraordinaria pereza y así, cada vez que orinaba, se le iban quince o veinte minutos de su precioso poco tiempo. Se lavó las manos y se miró en el espejo. Se hizo así mismo una grotesca mueca y se encaminó a su habitación. Se descalzó las pantuflas y se echó sobre su enorme cama doble, a dormir. Se durmió de inmediato.

No fue un sueño, pues ya ni siquiera recordaba la última vez que soñó. ¡No, no fue en sueño!, fue un recuerdo. Una madrugada, cuando iba a cumplir veinte años y aún vivía con sus padres, sus tres hermanos y la hermana de su madre, la tía, despertó sintiendo una gran incomodidad entre sus piernas. Se tanteó la entrepierna con sus dos manos y sintió algo que antes no estaba ahí. Con los ojos cerrados, casi al borde del llanto, agarró aquello; lo acarició, lo jaloneó, lo palmoteó, lo estiró queriendo arrancárselo y no pudo. Llorando en silencio levantó la cobija para verlo con sus ojos humedecidos. Antes de mirar, les rogó a todos los dioses, a todos los santos y a todos los diablos que no fuese lo que creía que era. Pero ni lo dioses, ni los santos, ni siquiera los diablos, escucharon su ruego. Ahí estaba, tenía un pene entre sus manos; un pene de ella. Desnudó todo su cuerpo y se miró en el gran espejo del tocador queriendo asegurarse de aquello; queriendo que sólo fuese que su clítoris se hubiese agrandado; pero su clítoris no se agrandó, siguió igual, abajito de su nuevo pene.

Lo que más le preocupó fue lo que le iba a decir su novio; ¿acaso la seguiría queriendo ahora que tenía un pene? Luego, pensó en su equipo de vóleibol, ¿cómo haría para esconderse aquel miembro y que nadie lo notara con el chicle puesto? Entre estas cavilaciones, supo de inmediato que debía pasar de toallas higiénicas a tampones; se sintió aliviada. Pensó que tal vez podría hacerse una cirugía, que le cortaran aquel extraño falo, pero, ¿de dónde sacaría el dinero para tal operación, además, a qué clínica podría dirigirse? Quiso llamar a su madre de un grito pero se contuvo; ¿qué le diría?, ¿acaso sería capaz de mostrarle a su madre su nuevo y reluciente pene? Un poco más tranquila, pensó si aquél miembro flácido podría alcanzar una erección. Entonces se echó sobre la cama, cerró los ojos, dejó volar su imaginación y lo acarició suavemente. Un instante después, un sudor frío le rodaba por su cuello, por sus senos redondos, por su ombligo. Jadeando, seguía acariciando su pene con más convicción y de pronto algo tibio se disparó de él. Sintió que todo su cuerpo de muchacha se contraía, olvidándose de todo y de sí misma por un instante fugaz. Se limpió con la cobija el semen chorreante que le quedó en los dedos. No se percató de su erección pero supo que se había masturbado, como hombre, por vez primera. Cuando se recompuso de aquél estaxis, se preguntó cómo era posible que hubiese eyaculado semen sin tener testículos. Pensó en esto hasta que volvió a quedarse dormida.

Reflexionando con calma, aquello del nuevo pene no era algo tan horroroso como pareció serlo al principio. Si bien tuvo que soportar las insinuaciones libidinosas de su hermana mayor cuando le pidió una cajita de tampones; si bien tuvo que retirarse del equipo de vóleibol; si bien tuvo que terminar con su querido novio; ahora, con una vagina y con un pene, podía experimentar estados sexuales que jamás había imaginado. Pero, ¿tendría que encerrarse perpetuamente en la autosatisfacción, en la masturbación? ¿Acaso podría, con su doble sexo, volver a hacer el amor con alguien? ¡No, no podría volver a hacer nunca más el amor con alguien! El secreto de su pene se lo llevaría a la tumba, costara lo que costara. Andando el tiempo empezó a sentirse bien. Seguía extrañando a su novio pero poco a poco lo iba olvidando. Asimismo, poco a poco, fue dejando de utilizar chicles, shorts ceñidos y pantalones ajustados. Se vestía de una manera encantadora, con faldas, vestidos o pantalones anchos. Todo empezaba a marchar bien.

El mismo día que sus senos desaparecieron empezó a aparecer el boso y la barba en su bonita cara de muchacha. Entonces supo que debía esfumarse. Antes de que alguien se levantara abandonó la casa de sus padres para nunca más volver. Dejó una nota diciendo (mintiendo) que se iba al extranjero para casarse con el amor de su vida. Con los escasos ahorros que tenía se fue alejando de su familia, de pueblo en pueblo, de ciudad en ciudad. Se alojaba en hoteles de mala muerte y comía la comida más barata que encontraba por donde pasaba. Una semana después, tenía que afeitarse la cara diariamente para que nadie la descubriera. A lo largo de un año trabajó como mesera, lavó platos, desyerbó jardines y siguió viviendo como una muchacha, como una mujer normal. Todas las noches, antes de dormirse, en los horribles cuchitriles donde se alojaba, se dedicaba a las delicias de la masturbación de los dos sexos de los cuales era dueña. Siempre quedaba exhausta y se dormía al instante.

Cuando notó que su cadera se había angostado y que la curva de su cintura había desaparecido, creyó que era el momento justo de empezar a vestirse como un hombre. Y así lo hizo. Compró dos mudas de ropa usada y un par de zapatos talla 36, que casi no encuentra. Luego, en el baño sucio de un hotel de pacotilla, cortó, ella misma, su hermoso cabello negro. Se miró en el espejo y no supo qué hacer con sus cejas, con sus pestañas y con sus ojos; seguían siendo de mujer. A la mañana siguiente no se afeitó y así se dejó un poquitín de barba y una sombra de boso en la cara. Pero, su voz, ¿qué podía hacer con su voz, con su aguda, melodiosa y dulce voz de muchacha? Entonces ahí, velozmente, decidió que se haría pasar por mudo en el próximo pueblo al que llegara.

El mudo encontró trabajo fácilmente en la bodega de un supermercado, porque era mudo y no sordo. Sin mucho esfuerzo se acostumbró a su vestimenta de hombre. Al poco tiempo, sus gestos y movimientos habían perdido cualquier atisbo de femineidad. Sería un hombre en toda regla de no ser por sus cejas, sus pestañas, sus ojos y claro, por su vagina, pero ésta nadie la veía. Seguía masturbándose todas las noches, desdoblándose en sus estaxis dobles hasta que el agotamiento no le aportaba nada más que el sueño.

Una noche, cuando se masturbaba como mujer, empezó a notar que su vagina no se dilataba como de costumbre, que después de introducir un dedo al segundo no era posible introducir. Cuando despertó, antes de levantarse, se palpó la entrepierna y sus labios, su clítoris, su vulva, su vagina ya no estaban. Ni siquiera notó ningún cierre, como una cicatriz. Nada. Ahí sólo quedaba un pene sin testículos. ¿Acaso ya era hora de volver a hacer el amor con alguien? Pero, ¿qué dirían de su falta de testículos? ¡No, no era hora de hacer el amor con alguien, nunca volvería a hacer el amor con alguien! Entre triste y contento por el nuevo orden de las cosas, decidió masturbarse, claro está, sólo como hombre, antes de levantarse para ir a trabajar.

Seguía siendo mudo y trabajando en la bodega de un supermercado cuando, mientras se cepillaba los dientes en el baño de una habitación de un hotel de mala muerte, vio en el espejo que sus cejas se habían vuelto más pobladas y rectas; vio que sus pestañas se habían vuelto más lacias y cortas y vio que sus ojos se habían empequeñecido, perdiendo, a la vez, un poquito de su habitual brillo. Primero sonrió y luego, con el cepillo de dientes entre su boca, río. De la risa pasó a la carcajada. Entonces no escuchó una carcajada de muchacha sino una carcajada de muchacho. Se sacó el cepillo de la boca, se enjuagó y empezó a cantar. ¡Sí, ahí estaba! Ahí estaba la voz que estaba esperando; ahí estaba esa voz grave, sin armonía y áspera de hombre. Se acostó alegre y empezó, como de costumbre, a masturbarse. Imaginó poseyendo su propio cuerpo, el cuerpo que antes tenía. Imaginó acariciando y besando aquellos senos redondos que antes fueron suyos; imaginó introduciendo su pene en aquella vagina que antes fue la suya. El orgasmo de aquella noche fue monumental. Perdió la consciencia.

A la mañana siguiente, cuando abandonó el pueblo, se fue hablando con el chofer del bus todo el trayecto. En la capital encontró fácilmente trabajo. Primero trabajó como ayudante de panadería; luego, haciendo domicilios en una farmacia; posteriormente, como portero de un edificio. Ahí, como portero, fue cuando empezó a estudiar en la universidad Nacional. Terminó su carrera y empezó a ejercer inmediatamente. Se convirtió en un gran abogado. Se casó y se separó. Se volvió a casar y tuvo dos hijos. Se volvió a separar y se volvió a casar con su última esposa, la que a veces extraña, la que murió de cáncer en el pulmón. Los testículos le fueron apareciendo poco a poco; empezó como una verruga que se fue agrandando semana tras semana. A la edad de veintidós años volvió a hacer el amor con una preciosa muchacha que trabajaba de mesera en la panadería donde él también trabajaba. Aquella ocasión, cuando eyaculó por vez primera dentro de una vagina, fue la segunda y última vez que perdió la consciencia gracias a un orgasmo.

Aún acostado en su gran cama doble, boca arriba, como mirando el cielorraso, el anciano pensaba si era preciso llevarse aquél secreto a la tumba. Pero, ¿qué le dirían sus hijos si supiesen lo que antes había sido? Ahora bien, ¿qué culpa podía tener él de aquella extraña metamorfosis? Además, ¿acaso todas las personas no experimentan drásticos cambios a lo largo de sus vidas?... El anciano recordó a su mujer muerta, cerró los ojos y volvió a dormirse.



Juan Carlos Román Trujillo

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