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  • juansoledo1

Por el inodoro


“Crémenme y arrojen mis cenizas por el inodoro de la casa de mi madre”. Este fue el único deseo post mortem que Catalina dejó escrito en la nota ensangrentada que se encontró apretujada en la mano izquierda de su cadáver. Al lado de la cama, en el suelo, se encontró la navaja de afeitar, también ensangrentada, de su papá. Su cuerpo esbelto vestía solamente un juego de ropa interior negro, brasier y calzón. Se había acostado, cuan larga era, sobre el edredón sin destender la cama. Su cabellera negra estaba desparramada sobre la almohada y su cara, con sus hermosos ojos abiertos de par en par, apuntaba hacia la ventana abierta; su boca estaba cerrada, como si antes de morir se hubiera untado algún tipo de pegamento en sus labios. Sus brazos, con las muñecas cercenadas, estaban cruzados sobre su pecho. Por sus costillas, a izquierda y a derecha, se veían costras de una sangre negruzca y bajo la cama había un charco de sangre pegachenta sobre el cual revoloteaban unas cuantas moscas. Un hedor tenue, pero putrefacto, ahogaba el lugar. El resto de la habitación estaba en su estado normal, es decir, en un orden impecable.

Si hubiésemos sabido que esa noche Catalina se suicidaría le hubiésemos dicho cuánto la queríamos. Esa muchacha escuálida, de piernas largas, ojos grandes y pelo negro, nos había cambiado la vida. A su manera, a cada uno de nosotros nos enseñó a ser una mejor persona. A Daniel le enseñó a creer en sí mismo. A Eduardo a expresar sus sentimientos. A Andrés a dejar de ser temeroso, a ser valiente. A mí me enseñó que entre una mujer y un hombre la amistad sí es posible. A ninguno de los cuatro nos extrañó que se hubiese quitado la vida, pero cada uno de nosotros sintió una pena tan profunda con la noticia de su muerte, un dolor tan irremediable, que entendimos al instante que algo de nosotros también había muerto con Catalina y a diferencia de ella tendríamos que seguir viviendo con eso muerto dentro.

De entre nosotros, el único que pudo estar en el velorio de Catalina fue Eduardo. Daniel volaba hacia Ciudad de México a continuar sus estudios. Andrés estaba internado en la Clínica central, en coma, después de una sobredosis de cocaína y alcohol. A mí me tenían detenido, en el calabozo de la U.R.I., por sospecha de asesinato. Eduardo me contó que durante todo el velorio y delante del crematorio no se escuchó rezo alguno; que nadie lloró y que durante toda la ceremonia fúnebre se mantuvo un silencio inalterable; todo por orden del papá de Catalina. El mismo día que me dejaron en libertad (pero aún bajo sospecha de asesinato), veinte días después del funeral de Catalina, Andrés salió del coma. Eduardo me llamó y quedamos en ir a visitarlo. A las dos de la tarde, cuando entramos en la Clínica central, encontramos a Daniel, sentado, con un enorme morral repleto y sucio que sostenía sus piernas estiradas, mirando las noticias en la televisión de la sala de espera. ¡Quiubo, guevones! -nos dijo, sonriéndonos, cuando nos vio-.

No era que tuviésemos una especie de pacto, que hubiésemos tramado algún tipo de acuerdo, pero los cuatro sabíamos, cada uno de nosotros en su fuero interno sabía que, como Catalina, nosotros también nos suicidaríamos. Era como si Catalina nos hubiera mostrado y abierto una puerta por la cual debíamos entrar. Y también sabíamos que el próximo en morir sería Andrés, de hecho, que saliera del coma era la frustración de su primer intento de suicidio. Esa tarde no pudimos ver a Andrés, a eso de las seis de la tarde una enfermera nos informó que había sido trasladado a la sala de cuidados intensivos y que allí las visitas eran restringidas.

Cuando Eduardo me presentó a Catalina lo que más me impresionó fue la jovialidad de ésta; era como si siempre hubiésemos sido amigos. Esa noche los tres nos emborrachamos afuera de un bar, en el andén. Una semana después me encontré con ella a la salida de la universidad y caminamos, charlando, catorce abajo, hasta su casa. Quedamos en volvernos a encontrar al día siguiente, en el parque Sucre, para hacer algo. Al día siguiente, no sé por qué, pero ahí estaba yo, a las dos de la tarde, sentado, en el parque Sucre, esperando a Catalina. Cuando la vi, su delgada cara venía iluminada por la más hermosa de las sonrisas, casi una risa, con su cabello negro recogido tras la oreja derecha. No supe cómo saludarla y ella, sonriendo, me besó en la mejilla. Nos echamos a caminar catorce arriba. Compramos vino y bebiendo, fumando, charlando y caminando, la noche nos encontró. La acompañé hasta su casa. Me despidió de otro beso en la mejilla y mientras cruzaba la portería me gritó: “Gracias”. Seguí caminando catorce abajo pensando en ese “gracias”, pues ¿gracias de qué?

Eduardo llamó a Daniel y Daniel me llamó a mí; Andrés había muerto a las dos y cuarenta de la madrugada en la sala de cuidados intensivos de la Clínica central; paro cardiaco. Al día siguiente, a la una de la tarde, los tres llegamos borrachos al velorio. Un taxi nos llevó hasta el cementerio siguiendo el carro mortuorio. Esa tarde de martes llovió. A pesar de que eran las cuatro de la tarde el cielo parecía un cielo de seis de la tarde, se había oscurecido. Todos los concurrentes se protegían de la lluvia con sombrillas excepto nosotros tres. Cuando depositaron el ataúd en el hoyo, cada uno de nosotros cogió un puñado de tierra mojada y se lo tiró encima. Salimos inmediatamente del cementerio y abordamos un taxi hasta la casa de Daniel. Seguimos bebiendo.

La mañana en que Andrés fue a la casa de sus padres para comunicarles que era gay, Catalina lo acompañó. Todo el trayecto lo escuchó atentamente y cuando por fin dejó de hablar, Catalina le confesó a Andrés que ella era bisexual. Dejaron de caminar, como si se hubiesen congelado por un segundo. Entonces se miraron, sonrieron y se abrazaron. Andrés besó a Catalina en la boca, como puede besar un niño a su madre. Catalina lo animó a seguir y continuaron el camino cogidos de la mano. Al llegar, Andrés entró solo a la casa de sus padres. Catalina lo esperó cuatro horas y cuarenta y cinco minutos, enfrente, en un café. Cuando Andrés salió de la casa de sus padres, de dos saltos atravesó la calle. Catalina salió del café y se echaron a caminar. Mientras caminaban, Andrés se sentía como nuevo, como si fuese otra persona o como si hubiese vuelto a nacer. Catalina lo miraba encantada. Miraba cómo Andrés silbaba, bailaba, cantaba, brincaba, abrazaba los postes de energía, se encaramaba en las banquetas públicas, se despelucaba, hacía muecas graciosas e intentaba hacer piruetas de toda índole. Las personas que se encontraron en el camino se apartaban de ellos, asustados, atónitos, desconcertados. Andrés invitó a Catalina a tomar algo y se adentraron en el primer bar que encontraron. Cuando estaban algo ebrios, Andrés le dijo a Catalina que sus padres no lo querían volver a ver jamás. Esa noche, ambos se emborracharon y se fueron a dormir juntos, en el apartamento de Andrés.

Cuando sonó el disparo, yo estaba dormido en el suelo, con la cara hundida en mi propio vómito. Como si lo supiera de antemano, me paré de un brinco y me apresuré hacia el baño. Ahí estaba, Daniel se había volado los sesos con el revólver calibre treinta y ocho de su papá, un día después del entierro de Andrés. Me temblaron las rodillas y contra la pared del corredor, contemplando la cabeza destrozada de Daniel, me fui de culo al piso. Eduardo estaba tan intoxicado con alcohol, marihuana y cocaína que el estruendo del tiro no lo despertó, a pesar de que estaba acostado sobre un colchón tirado en el suelo, en la habitación inmediatamente contigua al baño. Cuando los policías llegaron, les tocó violentar la puerta porque yo no fui capaz de ponerme en pie y Eduardo seguía en su tremenda intoxicación. A mí me sacaron esposado. A Eduardo lo sacaron entre dos policías, cogiéndole uno los brazos, el otro los pies. Nos trasladaron en la misma camioneta de policía y nos metieron en el mismo calabozo, en el barrio Santander. A la mañana siguiente, Eduardo seguía sin despertar.

La beca completa para estudiar la maestría en México se la había conseguido Catalina a Daniel. Dos años antes, cuando éste terminó su pre gradado sabía que sus estudios habían concluido. Con mucho esfuerzo, trabajando aquí y allá, había podido costearse los diez semestres de su licenciatura en biología; pero ya no podía más. Su casa, única herencia de su papá, estaba a punto de ser embargada por el banco y tenía que empezar a ejercer pronto para no dejarse quitar la única propiedad que tenía en el mundo y lo único que lo ligaba con sus padres muertos. Desde niño a Daniel le gustó el estudio; le gustaba aprender, le encantaba conocer nuevas ideas, deseaba abrir su mente. Catalina le empezó a prestar libros de su biblioteca personal. Así fue como Daniel leyó a Dostoyevski, a Flaubert, a Céline, A Grass, a Kawabata, a Nabokov… Daniel devoraba los libros que Catalina le prestaba. Una tarde, mientras tomaban café en un bar del centro, Catalina le mostró un cuento que ella había escrito. Daniel lo leyó. Catalina vio cómo los ojos de Daniel se llenaron de lágrimas cuando terminó de leer. Entonces Catalina le propuso que iniciaran una competencia de cuentos, que cada semana cada uno escribiría un cuento, que se los intercambiarían para leerlos y entre los dos decidirían cuál era el mejor de los cuentos. Daniel, después de muchos rodeos, aceptó, como a regañadientes. Cuando Catalina leyó el primer cuento que Daniel escribió, titulado Las moscas, supo qué era lo que tenía que hacer. Envió una copia del cuento de Daniel a la Universidad autónoma de México con la documentación necesaria para la solicitud de una beca de estudio en literatura. Al cabo de seis meses recibió la respuesta. Daniel tenía una beca completa para empezar su maestría de literatura en México.

Cuando menguó mi anonadamiento me acerqué a Eduardo para comprobar que estuviera vivo. Sí, respiraba. Lo sacudí con todas mis fuerzas hasta que, veinte minutos después, empezó a recobrar la conciencia. ¿Qué pasó, guevón?- fue lo primero que dijo-. Me quedé en silencio, mirando sus ojos vidriosos, su cara empapada de sudor y el temblor de sus brazos y piernas. ¿Dónde estamos, marica? -preguntó-. Yo seguí callado, mirándolo fijamente a los ojos. Un policía entró gritando hijueputadas, con un manojo de llaves en una mano y el bolillo en la otra. Abrió la puerta de la celda y dijo: “se pueden ir”. Ya en la calle, hicimos parar varios taxis pero ninguno nos quiso llevar después de que les explicara que le pagaríamos en la casa, ya que no teníamos plata. Quizá ninguno nos llevó porque nuestro aspecto cadavérico los asustaba o quizá porque los taxistas de acá son una manada de malparidos, en todo caso, nos tocó caminar. Acompañé a Eduardo, a pie, hasta su casa, lo vi entrar y cerrar la puerta. Entonces caminé otras tres horas hasta llegar a la mía.

¡No digan maricadas! -les decía-, ya a ella, ya a él, ya a ambos, siempre que decían que lo de ellos fue amor a primera vista. Quizá sí, quizá Catalina y Eduardo se enamoraron la primera vez que se miraron a los ojos. Pero como yo no creía en el amor y mucho menos en el amor a primera vista, me exasperaban siempre que se regocijaban hablando de aquello que compartían. Lo cierto es que cuando estaban juntos todo parecía ser mejor. Catalina se veía más bella y Eduardo se mostraba mucho más alegre y cordial que de costumbre. Desde que Eduardo le dio el primer beso a Catalina y ésta le regaló su primer abrazo, ambos muchachos supieron, sin decir palabra alguna, que sus existencias no podrían seguir estando separadas. Catalina le mostró a Eduardo el mundo de los libros, del estudio y del arte. Eduardo, a su vez, le mostró a Catalina el mundo de las calles, de la vida ordinaria y la camaradería. Al poco tiempo decidieron irse a vivir juntos y alquilaron una pequeña casa, a las afueras de la ciudad. La casa del pecado, la bautizaron. Eduardo se matriculó en la universidad en el programa de filosofía y Catalina terminó su maestría en educación. Cuando salían de sus respectivas clases, se tomaban un par de cervezas a las afueras de la universidad y se encaminaban, a pie y fumando marihuana, hacia su casa.

Siete días después de la muerte de Daniel, quizá por el delirium trémens que venía padeciendo, Eduardo se ahorcó con el cable del televisor, colgado en una de las vigas del patio de su casa; La casa del pecado. Yo lo visité tres días antes. Nos tomamos dos botellas de whisky en silencio, escuchamos los sonidos de la noche y nos quedamos dormidos, en el patio, bajo la luz de una luna llena. En la mañana preparé un buen desayuno (huevos pericos, arepa con mantequilla y queso, café con leche, jugo de naranja, pandebonos frescos) que ninguno de los dos pudo comer. A eso de las diez de la mañana salí de su casa, en silencio, sin despedirme de él.

Cuando volví a mí casa, después del entierro de Eduardo, me acosté sin sueño. Entonces volví a pensar en Catalina. Con los ojos cerrados recordé su hermosa sonrisa, su cabello negro recogido tras su oreja derecha y recordé su dulce voz diciéndome “gracias”. Estiré el brazo izquierdo, abrí el cajón del nochero, tantee con los dedos de mi mano extendidos y agarré el sobre. Lo puse sobre mi pecho. Con los dedos juguetee con el sobre que contenía el veneno en polvo que me permitiría pasar por la puerta que nos mostró y abrió Catalina. Pensé horas y horas en aquella puerta hasta que me quedé dormido.


Juan Carlos Román Trujillo

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