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  • juansoledo1

Sofía



Todos tenían algo, menos él. ¡Bueno!, él tenía un título de mierda, de un programa de mierda, de una universidad de mierda, de una ciudad de mierda, de un país de mierda. Sofía, en cambio, lo tenía todo. Todos la querían; todos querían estar con ella. Si alguien pensaba en los dos, mínimamente, se hacía la idea de que él y Sofía eran como el agua y el aceite… Pero se equivocaban…

Lo que se conoce como humanidad se basa en apariencias, en cuentos anodinos; en tergiversaciones y mentiras. Lo que se conoce como humanidad es lo que los historiadores, ególatras recalcitrantes, se han empecinado en mostrarnos como verdades, pero, ¿qué verdades son esas?, y, ¿de dónde sacan los historiadores dichas verdades?, acaso, ¿Dios susurra esas verdades al oído del historiador?, o, ¿podría ser que los mismos historiadores inventaran a Dios?

La primera vez que él besó a Sofía (o que Sofía lo besó a él) todo cambió. Sin saber exactamente qué ni cómo, él sintió que poseía algo. Por primera vez en su vida sintió que era dueño de algo. Pero, ¿de qué? No quiso reflexionar al respecto y siguió besándola. Se envalentonó y la abrazó, ciñó su cuerpo junto al de él. Con los ojos cerrados, se dejó llevar por la frescura de la boca de Sofía, por la suavidad de sus labios, por el dulce sabor de la saliva de ella.

Lo que se conoce como filosofía es un intento, infructuoso, de explicarlo todo; pero todo no se puede explicar. Que Sofía lo amara a él, precisamente a él, no tiene explicación alguna, es decir, no entra en el ámbito de la razón. Además, lo más desconcertante de aquél amor era el hecho de que todos nos creíamos participes de él, como si cada uno de nosotros hiciera todo lo posible para mantenerlo vivo y, al hacerlo, también nosotros sentíamos que amábamos.

Nunca nadie los vio pero todos sabíamos que estaban juntos. A Sofía se le veía cada vez más hermosa, más alegre, más feliz. A él, en cambio, nunca más lo volvimos a ver. A pesar de que la ciudad seguía siendo la misma, con sus calles atestadas de personas y perros, con sus andenes embadurnados de mierda y llenos de basura, con sus parques sin árboles, con sus vendedores de café y sus buses rojos, algo había cambiado; era como si en el ambiente se pudiera respirar mejor, como si se pudiera vivir mejor, como si todo estuviera mejor.

Lo que se conoce como realidad parece ser una amalgama de visiones que se contradicen. Cuando reflexionamos acerca de nuestro mundo vemos cómo la maldad y la bondad se van deslizando muy juntas, cómo la injusticia y la justicia parecen ir de la mano, cómo la tristeza y la alegría se van persiguiendo, cómo la muerte y la vida corren pegadas, y cómo el odio y el amor pasean abrazados. Sofía sabía todo esto y quería que él también lo supiera. Pasaba tardes y noches enteras enseñándole la bondad, la justicia, la alegría, la vida y el amor. Pero, lo otro: la maldad, la injusticia, la tristeza, la muerte y el odio, no podía enseñárselo, no sabía cómo.

Esa fue la época en la que Sofía pasaba gran parte del día en la biblioteca. Todas las tardes, al dirigirse a su casa, sentía como si algo le faltara; sentía un vacío dentro. Todos empezamos a notar un cambio en ella; no estaba ni tan hermosa ni tan alegre, no era feliz. Sabía que lo que quería enseñarle a él no se encontraba en ningún libro, pero seguía buscando entre libros. Primero, la invadió la tristeza, luego la angustia y finalmente, desesperó. Se encerró en su casa. Pasó día tras día vagando de una habitación a otra; dándole rodeos a la sala y al comedor; cavilando. Él, en alguna parte, seguía esperando a Sofía, pero ésta no aparecía. Pasaron las semanas que se convirtieron en meses y estos se convirtieron en años. Sofía siguió cavilando.

Cuando se volvieron a encontrar, 30 años después, Sofía no sabía quién era él y él no sabía quién era Sofía.


Juan Carlos Román Trujillo

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