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  • juansoledo1

Seguidilla

Actualizado: 20 sept 2021



Seguidilla




No acostumbraba pensar en sus sueños, mucho menos intentar analizarlos. Sabía que a veces soñaba y que a veces recordaba algo de algún sueño, y eso era todo. Ahora, ante su última seguidilla de sueños, se encontraba preocupado. Pensó ir donde algún médico pero no sabía qué decirle. Pensó que podría intentar dejar de dormir pero eso le pareció una locura. Pensó en dormir en el día en lugar de hacerlo en la noche, pero no podía abandonar sus obligaciones diurnas. Pensó en cambiar de almohada, de cobija, de cama, de habitación, de casa, de ciudad, de país, de planeta…, pero no se decidió por cambio alguno. Seguía durmiendo como siempre: en la noche, en su casa, en su habitación y en su cama.

El primero de estos sueños fue el de la tortuga. Soñó que una tortuga le arrancaba, de un mordisco, el pene. En la semana siguiente soñó que lo sodomizaba un cerdo. Días después soñó que su cara, o más bien, su cabeza, era la cabeza de un caballo pero él seguía teniendo cuerpo humano. Al cabo de un mes soñó que cuando orinaba, orinaba ratones. Por esos días soñó que, estando en la calle, se desplazaba gateando, en cuatro patas y a cada perro que encontraba le olisqueaba y le lamía el rabo. El sexto de estos sueños fue cuando, preparando una sopa de pollo, se descuartizaba a sí mismo una pierna para echarla a la olla. La noche siguiente soñó que le hacía sexo oral a un burro. Luego soñó que una jirafa embarazada esperaba un hijo suyo.

Según lo veía, todos estos sueños tenían dos cosas en común: una parte animal y una parte sexual. Forzando su pensamiento, se dijo a sí mismo que el sexo tiene mucho de animal, como si el sexo fuese algo común para humanos y demás animales. Seguía pensando de este modo, pero otro pensamiento le empezaba a subir por la nuca. ¿Acaso esta seguidilla de sueños no le estaba insinuando una apetencia sexual distinta de la que hasta entonces practicaba? ¿Acaso su hombría se estaba poniendo en duda?, porque, ¿qué diablos era aquello de ser sodomizado por un cerdo, o lo de olisquear y lamerle los rabos a los perros, o lo de practicarle sexo oral a un burro? Se esforzó en no pensar en esto.

Seguía reflexionando acerca de estos sueños cuando recordó que, en las mañanas, después de cada uno de estos, despertaba con una erección. Entonces descansaba al darse cuenta que aún tenía un pene. A veces se masturbaba imaginando que hacia el amor con su novia, una bella muchacha con un hermoso cuerpo de mujer; otras veces esperaba a que su erección desapareciera por sí sola antes de levantarse de la cama. Se dirigía hacia el baño y se hacía consciente de que caminaba como siempre, que no sentía ninguna incomodidad, ningún dolor en su ano. En el baño se quedaba un rato mirándose en el espejo, asegurándose que su cara y su cabeza seguían siendo las mismas, las de un ser humano. Luego orinaba y se percataba que lo que salía de su pene no era más que orina. Se metía en la ducha y mientras el agua fría le caía sobre el cuerpo tibio volvía a recordar la aversión que experimentaba por los perros. Salía del baño, y al pasar por la cocina, antes de llegar a su habitación, abría la nevera para cerciorarse de que había pollo en el congelador para la sopa. Sentado en su cama, mientras se calzaba los zapatos negros, pensaba en burros y en jirafas.

Entonces salía de su casa con una sonrisa en la cara. Entraba en el parqueadero, buscaba su carro, cruzaba la ciudad, llegaba a la empresa, saludaba a los compañeros que encontraba, abría la oficina, llamaba por teléfono a su novia, colgaba su chaqueta detrás de la puerta, se ponía el delantal, se sentaba en el escritorio, encendía el computador, miraba hacia afuera por la ventana y luego, pensando menos en burros y más en jirafas, empezaba a trabajar.



Juan Carlos Román Trujillo







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