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  • juansoledo1

Veinticuatro horas de un pusilánime


En la pequeña ciudad donde vivía no ocurría nada. Tampoco ocurría cosa alguna en el país en el que vivía. De hecho, en el mundo en que vivía nunca pasaba nada. Las mañanas seguían a las noches. Los años pasaban. Las gentes y las cosas nacían, envejecían, morían y luego eran olvidadas.

Esa mañana, como todas las mañanas, David tuvo la certeza de encontrarse con una de dos posibilidades: o se moría o seguía vivo. Seguía vivo. Cuando llegó al trabajo, saludó cortésmente a sus compañeros y mientras se vestía el uniforme pensó que, al final de la jornada, o lo echarían, o renunciaría o seguiría, al día siguiente, con trabajo. Entonces, al finalizar la jornada, salió del trabajo tan cansado como había entrado. Seguía con trabajo. Se echó a caminar y pensó que podía subirse a un bus, parar un taxi, hacer autostop o simplemente, dirigirse caminando hasta su casa. Llegó a su casa en bus. Mientras giraba la llave en la puerta de su casa pensó que su mujer podía estar esperándolo, o que podía estar acostada con otro en su propia cama, o que podía haberse largado, o que podía estar muerta, o que estaría preparando la comida y lo saludaría con una bella sonrisa. Su mujer lo saludó con una sonrisa no tan bella; seguía estando. Mientras preparaba la comida para ambos, David pensó que podía sazonar el pollo con laurel, o con tomillo, o con albahaca, o con ajo, o quizá con algún veneno, con cianuro o con estricnina. Sazonó el pollo con ajo. Comieron. Cuando se acostaron en la gran cama doble pensó que podían hacer el amor, o que su mujer podía tener la regla, o que quizá él no alcanzaría la erección, o que podían tener sexo oral, o que él la podía sodomizar (o quizá ella a él), o que se podrían quedar dormidos. Se quedaron dormidos. Esa noche soñó. Entonces David soñó que era más apuesto, o que era más adinerado, o que era más inteligente, o que era más agradable, o que estaba menos enfermo, o que era más aventurero, o que era más joven, o que seguía siendo él mismo. Se despertó y siguió siendo él mimo. Cuando sintió que su mujer empezaba a despertar, pensó que podía abrazarla, o susurrarle al oído que aún la amaba, o besarle la nuca e introducirle su erección mañanera, o darle los buenos días, o ahogarla con la almohada, o estrangularla con sus manos, o matarla a golpes, o simplemente decirle que la odiaba. David le dio los buenos días a su mujer. Mientras se bañaba con el agua helada de las seis de la mañana, pensó que podía empezar a estudiar, o empezar a leer un libro, o practicar algún deporte, o conseguirse una amante, o dejar a su mujer, o cambiar de trabajo, o irse para otro país, o tener un hijo, o comprar un par de medias. Entonces compraría un nuevo par de medias. Cuando David salió de la casa a esperar el bus de las siete y media de la mañana, pensó que podía abordar la ruta veintiocho, o largarse y nunca más volver, o asaltar un banco, o quemar un iglesia, o asesinar al alcalde, o iniciar un grupo guerrillero, o montar una iglesia cristina, o iniciar una empresa exitosa de agua embotellada, o dedicarse a la música, o simplemente conquistar a la mujer de la que siempre estuvo enamorado. Entonces abordó la ruta veintiocho y se dirigió al trabajo.

Cuando David, en el bus que lo llevaba a su trabajo, atravesó la pequeña ciudad donde vivía y en la que no ocurría nada, en su mente se arraigó la creencia que en el país en el que vivía tampoco ocurría cosa alguna, ni siquiera en el mundo en el que él vivía. Y así, sin que pasara cosa alguna, David vio cómo pasaban las mañanas seguidas de sus noches; vio cómo los años pasaban; vio cómo las gentes y las cosas nacían, envejecían, morían y luego eran olvidadas.


Juan Carlos Román Trujillo


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