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  • juansoledo1

La pandilla

Actualizado: 20 sept 2021



La pandilla




La pandilla estaba reunida. Mundomalo le dijo a Miseria que había que hacerle la vuela a Lamuerte. Lamuerte frunció el ceño y sonrió. Seguían yendo y viniendo las copas y los tres amigos se empezaban a sentir algo eufóricos. En esas, doña Lucia, la mamá de Lamuerte, entró en el bar. El hijo quiso escabullirse de entre las mesas pero no pudo hacerlo, su mamá estaba frente a él. La señora lo agarró de la camisa y lo arrastró hacia afuera. A empellones, lo llevó a la casa.

A las dos de la madrugada, cuando Mundomalo y Miseria salieron del bar, seguían riendo a carcajadas gracias a la suerte de Lamuerte. Cruzaron el parque desierto mientras respiraban el sereno de la madrugada. Un taxi cruzó la esquina de la calle donde vivía Lamuerte sin hacer el pare. Los muchachos se miraron y, en silencio, siguieron caminando o más exactamente, trastabillando. Dos cuadras después, delante de la puerta de la casa de Mundomalo, éste dijo: ¡nos vemos mañana, Andrés! Mundomalo entró en su casa y Andrés recorrió solo la cuadra y media que le faltaba para llegar a la suya.

El nombre de Lamuerte era Oscar; era, porque murió esa misma noche que su mamá lo sacó a empujones del bar. Tenía 16 años.

Se cumplía el vigésimo aniversario de la muerte de Oscar y los dos amigos, como los diecinueve años anteriores, se reunieron en el cementerio. ¡Debemos matar a esa hijueputa!-dijo Andrés-. Lo dijo de la misma manera como lo había dicho diecinueve veces los diecinueve años anteriores, con sevicia. Julio, otrora Mundomalo, de la misma manera que los diecinueve años anteriores, guardó silencio. Se sentaron sobre el césped donde estuvo la tumba del amigo muerto y, taciturnos, terminaron de beber la botella de aguardiente. El cielo cubría el horizonte con la extraordinaria claridad del mes de agosto. Arriba, a lo lejos, un gallinazo volaba de sur a norte. De fuera se dejaba oír el murmullo de los carros que pasaban.

A eso de las 11 de la noche de un 31 de diciembre, el teléfono de la casa de Julio sonó y éste contestó. ¡La voy a matar hoy!... Fue lo único que dijo Andrés, antaño Miseria, y colgó.

En el velorio de Andrés, además de sus hijos, nietos, bisnietos y demás familiares, se encontraba Julio. Los concurrentes lo miraban extrañados, sin poder comprender quién era aquél anciano. El viejo soportó los infinitos rosarios y demás rezos con actitud estoica, en silencio. Luego acompañó al muerto hasta la iglesia y una vez más, estoicamente, aguantó la misa. Siguió al muerto hasta al cementerio, a paso lento pero firme. Se sentó bajo la sombra de un árbol frondoso, se quitó el sombrero y junto al bastón, lo acomodó a su lado. Miró cómo los dolientes lloraban en torno al ataúd hasta que por fin fue enterrado. Las personas salieron agrupadas del cementerio y él quedó solo, sentado bajo aquél árbol, mirando aquél montículo de tierra debajo del cual se encontraba, muerto y enterrado, su último amigo. La oscuridad de la tarde lo sacó del cementerio y mientras cruzaba su enorme portal se dijo a sí mismo: ¡Sí, teníamos que haber matado a esa hijueputa!


Juan Carlos Román Trujillo

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