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  • En la mañana

    ¡Si no fueras tan lindo, juro por Dios que te propinaría unas buenas bofetadas!-Reí-. No reí porque ella no pudiera abofetearme, ¡claro que sí podía!, reí porque todo aquello era ridículo. Sus palabras, su pronunciación, sus gestos, su borrachera de las 9 de la mañana, yo acompañándola, mi risa bufonesca, mi deseo irrealizable de abofetearme a mí mismo, todo, todo era extraordinariamente ridículo. Frunció el ceño. Sus ojos café centellaban. La ira hizo temblar sus brazos, el vaso se le escapó de la mano y se hiso trizas en el suelo. Le alargué otro vaso y lo llenó con whisky. Este es un whisky de mierda, dijo, antes de beberse un gran trago. Mierda para la mierda -dije yo-. Tienes razón, dijo, ¿porque no te lo bebes todo, entonces? No -contesté-, prefiero compartirlo contigo, es lo más lógico. Seguía iracunda, volvió a temblar. Puso el vaso sobre la mesa y encendió un cigarrillo. Aquí no puedes fumar -le dije, esforzándome en contener la risa-. Cómase una grandísima mierda, Juan -dijo-. No, no quiero hacer el amor contigo en ese estado -le dije-. La risa me hizo llorar. Mientras yo enjugaba mis ojos ella se quitó los tenis, la blusa, el pantalón, el brasier, las medias, el calzón y, desnuda, corrió hacia mi cuarto. La seguí. Estaba acostada en la cama, boca arriba, mirando el techo. Me senté en la butaca, al lado de la cama. La contemplé en silencio, largo rato, hasta que se durmió. Roncó. Salí del cuarto. Recogí sus ropas desperdigadas por el corredor. Ella seguía roncando. Lavé los vasos, limpié el cenicero y guardé la botella de whisky en la nevera. Me bañé. Me vestí. Agarré un libro y me senté, en la sala, a leer. Desde allí podía escuchar sus ronquidos de borracha. Cerré el libro, cerré los ojos y escuché. También me dormí. Juan Carlos Román Trujillo

  • El olor

    Entonces se me ocurrió la idea para un cuento. Un día todas las personas amanecieron sin narices y nunca más pudieron volver a hacer el amor. La idea me pareció bastante buena; además, podía incluir, en el escrito, unas cuantas metáforas acerca del individuo y la sociedad contemporáneos. Me senté a escribir y mientras el computador iniciaba me percaté de mi bloqueo; no podía escribir. Decir que me horroricé sería exagerar, pues ¿qué pasaría si no lograba escribir?, nada, no pasaría nada, nada de nada. Apagué el computador. Alcancé una botella empezada de whisky, agarré los cigarrillos y el encendedor y me senté en el antejardín a mirar la correría de la calle. A eso de las 11, ya borracho, apareció ella. ¡Qué hubo, parce! -fue su saludo-. Abrí la reja y la dejé entrar. Acerqué otra butaca a la mía y fui a la cocina por otro vaso. Serví los tragos y fumamos. Sabía que ella también estaba borracha. Busqué, dentro de mi cabeza alcoholizada, algo para decirle pero no encontré cosa alguna. Guardamos silencio. Desperté (o me despertó) el recuerdo del olor de su cabello en mi almohada. Me sorprendió que después de tanto tiempo aún pudiera recordar aquél olor. Me paré para ir al baño y vi una nota sobre la mesa. Gracias por recibirme, parce -decía la nota-. Oriné y me cepillé los dientes. Hice café y lo bebí mientras fumaba un cigarrillo (mi desayuno). Encendí el computador y empecé a escribir el cuento. A los periqueros no se les para pues tienen estropeadas las narices por meter cocaína. Entonces, por el bien de la humanidad, deberíamos volvernos todos cocainómanos. Lo que nos excita sexualmente, a mujeres y a hombres, es el olfato. Los tontos creen que es por la vista, que por ver un buen par de tetas o un culo grande o por ver a un hombre musculoso y lindo, se alcanza la excitación, ¡puff!, nada, es por los olores. En el colegio, cuando se me alborotaron las hormonas, me la pasaba olisqueando a todos mis compañeros, niños y niñas, incluso olía a los profesores, de ahí mi apodo: La canina. Nunca me gustó ese apodo pero lo prefería a que me llamaran, por ejemplo: La perra. La primera vez que hice el amor con mi novio fue en el baño del colegio. Estuvo bien pero no tan bien. Yo esperaba otra cosa. Había fantaseado noche tras noche con que él me desvestía, que me lamía y me chupaba todo el cuerpo, que me penetraba una y otra vez por delante y por detrás, que me dejaba seca y que volvíamos a empezar una vez más. Pero lo que sucedió fue muy distinto. Él se sentó en la taza del inodoro con los pantalones abajo y su miembro ya erecto. Yo le agarré el pene, me subí la falda, me eché para un lado el calzón y me senté sobre su erección metiéndolo en mi vagina. Nos besamos y cuando empecé a moverme él eyaculó. Quedó pálido y frio. Yo quedé colorada y caliente. Una aseadora nos pilló. Nos llevaron a rectoría y nos suspendieron por 15 días. A final del año, eché a mi novio. Cuando conocí a La canina ya todos habíamos perdido las narices. Lo grave no fue perder esa protuberancia de las caras y quedar, todos, con una cara más o menos plana, lo grave fue el hecho de perder un sentido, el olfato. Su nombre es Isabel Cristina pero ella, quizá por una dulzona nostalgia, prefiere que le digan: La canina. Yo nunca la he llamado así (me parece denigrante), por eso cuando hablamos me dirijo a ella con el pronombre personal: tú. La primera vez que la vi quedé sorprendido por su belleza. A diferencia de las demás mujeres, que sin nariz se veían grotescas, a Isabel Cristina parecía que dicha ausencia la había beneficiado, al menos, en el plano estético. Hacer el amor sin nariz no es posible, parce - me decía ella-. Lo que no es posible es no volver a hacerlo -le contestaba yo, riendo-. Lo que pasa es que los hombres quieren meterlo, moverlo, eyacular y ya; pero eso no es hacer el amor; eso es masturbarse con una vagina. ¿Sabe una cosa, parce?, yo nunca hice el amor y ¿usted? Yo soy virgen -le decía, entre carcajadas-. En esa época, al salir de la universidad, nos adentrábamos en algún barsucho a beber cervezas sin sabor, pero como las de antes, también emborrachaban. A la hora del cierre, salíamos apoyados el uno en el otro, abordábamos un taxi y nos dirigíamos a su apartamento. A veces me invitaba a entrar y a veces no. Más de un año duró la locura generalizada después de la perdida de las narices. No fue un estado caótico y violento, sino un desorden desesperado y triste. Las investigaciones científicas nunca dieron con la causa de este extraño fenómeno y los religiosos lo explicaron cobijándose en sus dioses. Se desarrollaron nuevas técnicas de cirugía plástica, de trasplantes y de injertos pero ninguna resultó, ninguna pudo restituir la nariz en una cara humana. Poco a poco, como pasa siempre, todo volvió a la normalidad o mejor dicho, todos empezamos a vivir nuestra nueva vida con un sentido menos, sin olfato. Los niños empezaron a nacer sin nariz y por primera vez en la historia de la humanidad los recién nacidos fueron preciosos. Si bien los jabones, las fragancias y los perfumes se volvieron fútiles, el maquillaje y el vestir cobraron una importancia insospechada. Como no nos podíamos oler nos teníamos que ver. Y así fue, así fue como La canina me vio a mí. Creo que estoy perdiendo la vista, parce -me dijo Isabel Cristina-. Yo quedé congelado, en silencio; no supe qué decir. Era curioso que, después de tanto tiempo de conocernos (más de treinta años) y que siendo ambos casi ancianos, siguiera refiriéndose a mí así: parce. También estoy perdiendo la memoria -agregó-. Un frío recorrió todo mi cuerpo, también yo estaba perdiendo la memoria pero no se lo había dicho a nadie; me daba pavor. Para eso es a lo que venimos a este mundo, dijo, para ganar y después perder o para perder y después ganar -sonrió-. Fui hasta la cocina, saqué una botella de whisky de la nevera, agarré dos vasos y volví a la habitación. Estaba tan encantadora como siempre. Desnuda sobre aquella sábana blanca, con su cabello negro desparramado sobre la almohada, mirando el techo con sus hermosos ojos café, pasándose las yemas de sus dedos sobre el vientre. Se sentó con la espalda apoyada en la cabecera de la cama, yo me senté en la mecedora al lado de la ventana. Bebimos. Juan Carlos Román Trujillo

  • Hasta la próxima semana

    Tengo la sensación -dispénseme usted- de que padezco una obsesión. Pues, ¿sabe usted una cosa?, hace más o menos nueve años que sostengo una cavilación, que rumio y rumio el mismo pensamiento. ¿Que en dónde aprendí ese término, rumiar? ¡Eso no importa! Mire, hace un mes que, después de ese cavilar mío, una idea se fijó en mi mente. ¿Que qué idea es esa? Pero, ¡qué importa qué idea pueda ser! Lo importante es que solamente tengo una idea. ¿Dice usted que debería estar agradecido por tener una idea, que la mayoría de personas viven sin idea alguna? Por favor, no se burle de mí. Creo que lo mejor es que me vaya, gracias por su tiempo y atención. ¡No!, está bien, me quedo entonces. Mire, esta mañana, cuando salí de mi casa, sentí que me estaba desmenuzando, que me estaba desintegrando. ¿No le parece extraño? ¡No!, bueno. Cuando salí de mi casa, después de cada paso que daba miraba hacia atrás para ver los restos que iba dejando y ¿qué cree usted que vi? Pues ahí estaban, ahí detrás iban quedando montoncitos de escombros. ¿Que qué tipo de escombros? Pues escombros, desechos, escorias, basuras. Le aseguro que ahora, cuando me vaya, esta silla va a quedar llena escombros. No se ría, por favor. ¿Le puedo preguntar algo? ¡Sí!, bueno. ¿Qué es lo que está anotando en ese cuaderno? ¡Nada!, está bien, le creo. Pero sabe, no me molesta, siga anotando si quiere seguir anotando. Está bien, como guste, le contaré algo de mi niñez. Recuerdo que, a eso de los cinco años, me pasaba largo rato bajo la cama, o me metía en un armario, o dentro de alguna alacena de la cocina; incluso, un día me metí dentro de la nevera. Que eso es bastante normal. Ya me lo decía yo. ¿Que si tengo mujer? Pero, ¿eso qué importa? Mire, lo que a mí me pasa es que tengo una duda, una duda que no soporto. Que no cambie de tema. Discúlpeme, por favor. Es que cuando empiezo a hablar no puedo parar; además, siempre que alguien me está escuchando quiero parecerle interesante. Mire, volviendo al tema… Una vez soñé que mi papá me metía pepinos dentro del ano, que me metía uno y otro hasta que me empezaban a salir por la boca; entonces él volvía a coger los pepinos y me los volvía a meter en el ano; ¿no cree usted que esa sea una manifestación del eterno retorno? ¡No!, está bien. ¿Que si creo en Dios? Pues, ¡claro que no!..., ¿no le dije, cuando empezamos, que yo había ido a la universidad, que yo había ido a aprender y aprendí? Bueno, no se preocupe, a mí también se me olvidan las cosas. Que no todos los que van a la universidad son ateos. ¿Pero yo cuándo he dicho que soy ateo? Mire, volviendo al tema… El hijo de mi vecina se mató la semana pasada, se suicidó. Que eso qué tiene que ver con el asunto. ¿Pero de qué asunto me está usted hablando? Creo que lo mejor es que me vaya. Bueno, está bien, voy a salir a trotar en las noches como usted dice. ¿Que tengo que volver la otra semana?; pero, ¿por qué? ¡Está bien!, si quiere paso por aquí mañana y seguimos hablando. ¡No!, que no quiere; como guste, la entiendo. Le agradezco todo lo que ha hecho por mí y antes de irme, ¿le puedo preguntar algo? ¡Sí! bueno. ¿No le gustaría salir a tomar unas copas conmigo? Que no es posible, que no puede salir con pacientes. Sí, comprendo, sería algo muy raro. A propósito, ¿le dije que la gente me asusta? ¡Sí!, bueno. Hasta luego. Antes de irme quisiera decirle por qué vine. Que mi hora se acabó, bueno, qué le vamos a hacer; perdóneme. Acaso me podría dar su número telefónico para llamarla cuando padezca mis vértigos. ¡No!, está bien. ¿Le conté que mi mujer abortó? ¡Ah!, que otro paciente la está esperando, bueno, le pido mil disculpas. Entonces, sin ser más, hasta la próxima semana. Juan Carlos Román Trujillo

  • Destino

    Todos estábamos enfermos. Todos moríamos de la misma enfermedad. Lo extraño era que ninguno sabía qué hacer con la enfermedad. Unos se mataban trabajando, otros vagando y algunos soñando. Era como si nos resistiésemos, como si no pudiésemos aceptar nuestra condición de enfermos, de enfermos terminales. Los cuerpos sin vida empezaron a pulular. Los cadáveres dejaron de ser enterrados y empezaron a ser calcinados para que los muertos fuesen olvidados más pronto. La muerte, sin lugar a dudas, nos aterrorizaba. Algunos empezamos a sospechar que no sólo la muerte nos aterraba sino también el vivir. Entonces el pánico empezó a cundir. Las autoridades crearon grupos de seguridad con el fin de aislar, de separar a los sospechosos, de apartar a quienes sospechábamos. Al principio se cerró un barrio que se convirtió en gueto y luego los guetos estaban por doquier. Allí, en guetos, fue en donde nos encerraron. Camila era de los que soñaban y yo era de los que vagaban, por lo cual, al principio, nos encerraron en guetos distintos. Al poco tiempo los guetos se unieron unos con otros creando un gran gueto lleno de sospechosos. Ahí, en el gran gueto fue donde la conocí, donde conocí a Camila. El síntoma más evidente de los soñadores era la necesidad de estar acompañados, como si siempre necesitaran hacer parte de algún grupo y el de nosotros, los vagos, era la necesidad de estar siempre solos, como si necesitáramos aislarnos perpetuamente. Pero al poco tiempo de nuestro confinamiento en el gueto, dichos síntomas se trocaron; los soñadores necesitaban estar solos y los vagos necesitábamos estar acompañados. Lo que produjo la catástrofe fue la incapacidad que teníamos, todos, de actuar según nuestras nuevas necesidades. Los vagos nos acercábamos a los soñadores y los soñadores se alejaban de nosotros. Nadie podía entender qué era lo que pasaba. Los primeros rechazos no fueron tan violentos, una palabra gruesa, un empujón, un pescozón y ya estaba, cada uno a su lugar. Pero al cabo de una semana de nuestro encierro compartido la sangre se derramó a raudales. Hombres y mujeres, ancianos y ancianas, niños y niñas, se despedazaron los unos a los otros. Armas de fuego, machetes, cuchillos, navajas, garrotes y piedras sirvieron fielmente para mermar la población del gueto a un 1 %. Como sobrevivientes de aquella cruenta matanza tuvimos que quemar todos los cuerpos en una gran pira, al aire libre, que duró más de un mes en extinguirse. Y el hedor, ese olor putrefacto a carne humana chamuscada nos acompañó el resto de los días dentro del gueto. Quizá aún, en aquel tenebroso lugar, se pueda olfatear el olor a la muerte incinerada. En todo el gueto quedamos unas 100 personas. Lo cierto era que nadie sabía la cifra exacta. Luego de vivir estrechamente confinados, después de la matanza, cada residente del gueto tenía para sí una manzana de casas. Ninguno de los sobrevivientes volvió a intentar acercarse a otro. Todos seguimos viviendo aislados y si, por casualidad dos personas nos encontrábamos en la calle, deshacíamos nuestros pasos y salíamos corriendo, despavoridos, a escondernos en nuestros cuchitriles. Sí, seguíamos temiéndole a la muerte, pero también seguíamos temiéndole al vivir. No sé en qué ocupaciones pasaban los demás los días, yo leí y cazaba ratas. La primera rata que comí me produjo una diarrea tan intensa, que durante tres días y tres noches no me pude despegar del retrete. Al cabo del tiempo uno se acostumbra a todo, incluso a comer ratas. Ahora que lo pienso, quizá aquella rata no la asé lo suficiente, quizá comí pedazos de su carne cruda y aquello fue lo que me enfermó. A veces salía a caminar por las calles desiertas, a altas horas de la noche. Detenía mi caminata, miraba el cielo estrellado y me preguntaba si yo seguía siendo un ser humano, si valía la pena seguir con aquella existencia solitaria, si en algún lugar, en el vasto universo, habría alguien dispuesto a compartir su existencia con la mía. Sentía cómo las lágrimas se esforzaban en salir de mis ojos, entonces suspiraba y me echaba a caminar. Rodeaba todo el gueto y volvía, al amanecer, a mi agujero. Los días pasaban y del mundo, del otro lado del gueto no sabía cosa alguna. Quizá los otros enfermos, los que se mataban trabajando, seguían muriendo tranquilamente y se habían olvidado de nosotros, entonces lo mejor era que yo también me olvidara de ellos. Seguía leyendo; además, seguía cazando y comiendo ratas. Un día me percaté que estaba totalmente habituado a mi vida del gueto, que si, por alguna razón, debía abandonar aquella mi vida actual, la extrañaría enormemente. Quizá mi ser por fin se había acoplado armoniosamente a la existencia y quizá yo, sin quererlo, había resuelto el misterio de mi destino, a saber: que el ser, que mi ser, vibraba eternamente entre libros y ratas. Pero fue ella, Camila, la que lo echó todo a perder o, mejor dicho, la que me sacó de mi engaño. Supongo que Camila apareció en mi vida como aparecen todas las mujeres que estamos destinados a amar, como un rayo, como un rayo que a veces nos incendia. De entre nosotros, los sobrevivientes del gueto, Camila fue la única que nunca se escondió. Quizá nunca dejó de ser una soñadora o quizá, simplemente, no le temía ni a la muerte ni al vivir. Yo la veía con frecuencia caminar las calles desoladas a cualquier hora del día. Cuando pasaba por mi manzana, frenaba sus pasos y desde la esquina, se quedaba largo rato contemplando mi morada; yo la veía, escondido tras las cortinas. Fue una mañana cuando llamó a mi puerta. Desde el balcón del segundo piso la contemplaba yo, machete en mano. Abra la puerta -gritó desde abajo-. ¿Qué quiere? -le grité yo-. Charlar -replicó ella-. Estoy ocupado -le mentí yo-. ¿Haciendo qué? -preguntó ella-. Cazando ratas -vociferé yo-. ¿Para qué? -quiso saber ella-. Para comer -contesté yo-. Entonces Camila soltó una estruendosa carcajada. Hasta luego -se despidió ella-. Hasta luego -le contesté yo-. A la mañana siguiente Camila estaba nuevamente llamando a mi puerta. Desde el balcón la observé. Llevaba un vestido blanco extraordinariamente limpio y calzaba unas valetas rosadas. Su piel trigueña parecía estar volviéndose más clara. Tenía su cabello negro recogido sobre la cabeza, lo cual permitía observar el intenso color café de sus ojos. Los delgados labios de su boca, rosados, hacían juego con su calzado. Sin lugar a dudas había, como todos nosotros, adelgazado, pero su delgadez era saludable, incluso se podía decir que estaba en plena forma; en la forma que debía tener una muchacha saludable de 26 años. Traía un paquete en sus manos. ¿Qué quiere? -le grité desde arriba-. Abra la puerta -contestó ella sin mirarme-. No puedo abrir la puerta -le advertí-. ¿Por qué no?- preguntó ella-. Enmudecí, no supe qué decirle ni pude mentir. Bajé corriendo las escaleras y abrí la puerta. Me entregó el paquete que traía y se fue. Espere -le dije-. No puedo -contestó riendo-. Dobló la esquina y desapareció. Yo corrí tras ella y la alcancé aún con el paquete en mis manos. Espere, por favor -le dije-. Ella se detuvo, volteó y me miró a los ojos. ¿Qué quiere? -me preguntó-. El contraste de nuestros aspectos era sorprendente. Yo vestía una bermuda sucia y nada más. Además, hacía más de dos meses que no me afeitaba; sin contar, que hacía tres días no me bañaba. Quizá mi apariencia desastrada fue lo que me cohibió y no supe qué decirle. Vamos -me dijo-. Me tomó de la mano y fuimos a mi casa. Aquel fue el día más asombroso de toda mi existencia. Cuando Camila entró en mi agujero parecía como si lo conociese plenamente, como si hubiese vivido allí toda su vida. Me quitó el paquete de las manos y me dijo que me bañara mientras ella preparaba algo para comer. La obedecí. Me bañé, me afeité, me peiné y me vestí lo mejor que pude. Cuando bajé a la cocina la mesa estaba servida y Camila me esperaba mientras ojeaba un libro. Alzó su mirada y me sonrió. Su sonrisa iluminó toda la casa, todo el gueto, todo el mundo, quizá todo el universo. Nunca más volví a ver una sonrisa como aquella. Siéntese, es sopa de pollo -dijo-. Comimos juntos la deliciosa sopa de pollo. Es mejor que deje de comer ratas -me dijo-. Seguí en silencio. Me llamo Camila -continuó-. Ya lo sé -dije-. ¿Cómo lo sabe? -me preguntó, sonrojándose-. No sé cómo lo sé -le confesé-. Dejó la cuchara, miró fijamente mis ojos y preguntó cuál era mi nombre. Se lo dije. Se recostó en el sofá y durmió. Poco tiempo después ella volvió a soñar, volvió a ser la soñadora de antes. Soñó que salía del gueto y que yo la acompañaba. Desde entonces acompaño a Camila en su sueño, sin temor a la muerte ni al vivir. Juan Carlos Román Trujillo

  • La cosa

    Quizá la cosa lo había poseído o quizá la cosa había ocupado su lugar. Seguía teniendo cabeza, tronco y extremidades pero ya no era lo que antes fue. Salía de su casa y observaba cómo todos, con asco, se alejaban de él. Al principio, sonreía y se decía a sí mismo que era mejor así, que era mejor ser esa cosa que lo que antes era. Pero ahora, cuando tenía que vérselas con su mujer, la situación cobraba un cariz distinto, pues, ¿cómo poder seguir pareciendo un hombre delante de ella? Y más aún, ¿cómo introducir esa cosa en el hermoso cuerpo de su amada? Juan Carlos Román Trujillo

  • El hombre sin brazo

    Con esa extraña sensación de que a uno le falta algo pero no se sabe qué, así, con esa incomodidad de espíritu, despertó. Cuando quiso enjugarse el sudor del rostro lo supo: su brazo derecho no estaba. Un espantoso grito despertó a todos los habitantes de la casa. Su madre, su abuelo, sus dos hermanos y sus tres sobrinos, acompañados por el perro y el gato, corrieron hasta su habitación. Forzaron la puerta y lo encontraron revolviéndose en el suelo anegado por el llanto y el terror. Cuando sus familiares vieron que le faltaba un brazo su madre se desmayó, a su abuelo lo ahogó la tos, su hermano mayor fue azotado por la taquicardia y el otro, el menor, se paralizó; uno de sus sobrinos vomitó, el otro defecó y el tercero, tan sólo se orinó; el perro ladró y el gato maulló. En el hospital no supieron qué hacer con él. Nunca, en la historia de la medicina, a alguien se le había desaparecido un brazo entero. Los médicos decidieron remitirlo al manicomio. Los psiquiatras quedaron tan perplejos con el nuevo paciente que muchos de ellos creyeron que todo aquello se trataba de una alucinación, que ellos mismos estaban enloqueciendo. El consejo psiquiátrico decidió, el mismo día en que llegó el hombre sin brazo, devolver la remisión, devolver el paciente al hospital. Entre tanto, la familia de éste se había recuperado. Su madre, su abuelo y sus hermanos estaban en perfectas condiciones. De sus tres sobrinos uno continuaba con una intensa diarrea. El perro y el gato, estaban bien. Llevaba dos días sin su brazo y ya se estaba haciendo a la idea de ser un manco. Lo único que no podía librar de su mente era pensar acerca de la suerte de su brazo derecho. Se hacía, una y otra vez, preguntas como: ¿qué habrá sido de aquél fornido brazo?; ¿lo habría dejado en alguna parte, guardado, y no lo recordaba?; ¿alguien había entrado en su casa, mientras dormían, y se había robado su brazo derecho?; ¿algún manco resentido le habría echado una maldición encima a él?; ¿era aquello un castigo divino por haberse masturbado tanto en su juventud?; ¿los alienígenas se habían llevado su brazo para estudiarlo y hacer experimentos con él en algún lejano planeta?; ¿acaso un abrazo con un sólo brazo se podría considerar un abrazo?; y, la más importante, ¿aprendería a masturbarse con la mano izquierda? A los siete días le dieron de alta en el hospital y volvió, con perfecta salud pero sin un brazo, a su casa. Juan Carlos Román Trujillo

  • Breve historia de un pueblo sin importancia

    De todas las desgracias que había sufrido la más insoportable de todas era, sin duda alguna, contemplar su propia muerte. Haber perdido su fuerza, su energía; haber perdido la vitalidad de su juventud había sido sólo el principio de una horrenda pesadilla de la cual no podía despertar. Cuando su piel se empezó a agrietar, cuando sus dientes empezaron a caérsele y cuando sus ojos se quedaron sin ver, la idea de que se estaba convirtiendo en un montón de ceniza se le incrustó en la mente. Los había visto morir a todos. Vio morir a sus abuelos, a sus padres, a sus hermanos, a su esposa, a sus amigos; también vio morir a sus hijos y a sus nietos. Vio morir todos sus sueños y él, como si fuese el custodio de la muerte, seguía viéndose morir, seguía viendo cómo su cuerpo y lo que quedaba de su conciencia se desmoronaban. Darío Gózales, el médico, fue el único en enterarse de una parte de su plan. Esa tarde, escuchándolo, supo que cualquier gota de buen juicio se le había escurrido de la cabeza, que había perdido la razón. Le recetó gotas de valeriana y lo despachó para su casa. Anotó en su libreta una remisión psiquiátrica, llamó al manicomio, habló unos quince minutos, colgó el teléfono, se vistió su chaqueta gris y salió del consultorio hacia la iglesia, a misa de seis. Cuando pasaba la esquina del parque, desde el café escuchó una voz que lo llamaba. El doctor Gónzales paró su caminar y, dentro del café, acomodado en una mesa del fondo, vio a don Cristóbal Jaramillo quién le hacia señas amistosas. Cuando Skeletor, el gran danés callejero que nadie sabía en dónde vivía ni de dónde había aparecido, cruzó el parque con un pedazo de carne putrefacta entre sus fauces, nadie sospechó de que se tratara de un pedazo de pierna humana. Mariana Martínez, la loca, fue la que encontró la tibia bajo una banca y más allá, al lado de la caneca de basura, encontró lo que quedaba del peroné. Daniela Ortiz, la novia de Oscar Zuluaga, seguía pujando, con las piernas abiertas de par en par, tratando de dar a luz a su primer hijo; el que si llegaba a ser, sería conocido como Oscar Zuluaga Ortiz. Con los ojos a punto de salírsele de sus orbitas, con sus manos atadas con correas de cuero a los dos extremos de la cama, retorciéndose sobre un colchón empapado con su propia orina, con su boca reseca de tanto gritar y gemir, con sus nalgas embadurnadas con su propia mierda, Daniela sentía que algo se le desgarraba dentro y que, cuando se le desgarrara, entonces ella moriría. Al entrar en casa, Mario Quintero escuchó el agua caer en la ducha. En la sala se quitó los zapatos y las medias. Cruzó la cocina mientras se quitaba el pantalón y la camisa y entró en el baño con sólo el calzoncillo puesto. Mónica descorrió la cortina plástica y le regaló una sonrisa. Mario se quitó el calzoncillo dejando al descubierto su pronunciada erección y de un salto, como un gato, se metió en la ducha. Abrazó a Mónica desde atrás, le besó su nuca mojada y le palpó sus senos redondos. Mónica giró el cuello y su boca encontró la de él. Se besaron mientras se acariciaban, ambos, sus cuerpos mojados. Mario introdujo un dedo dentro de ella y Mónica le cogió su pene erecto. La mujer giró su cuerpo, se arrodilló y se introdujo el pene de Mario dentro de la boca. Lo chupaba mientras desde abajo miraba los ojos excitados de Mario. Este la levantó y desde atrás la penetró. Hicieron el amor. Al volver sin saber por qué, después de treinta años, encontró exactamente el mismo pueblo de mierda que había abandonado en su juventud. Al cruzar el parque, camino a la iglesia, sintió, en las miradas y los gestos de las personas, la misma hipocresía y la misma mojigatería que lo habían expulsado tres décadas atrás. Quiso desandar sus pasos, subirse en el primer bus que lo sacara inmediatamente de allí, pero no lo hizo. Subió el atrio de la iglesia, atravesó la enorme puerta mientras se persignaba, se sentó en la última silla y, con los ojos cerrados, escuchó la misa de seis. El padre García miraba por la ventana de la casa cural cómo la calle se iba quedando vacía, cómo la noche enclaustraba las almas del buen Dios en sus casas. Se sentó en la mecedora, al lado de su cama y miró el televisor apagado. Se rascó la entrepierna y sonrió. Empezó a mecerse en la silla, cerró los ojos y dejó vagar su mente por los recovecos de sus recuerdos. En silencio, le agradeció a Dios por todos sus dones. Le agradeció por haberlo convertido en uno de sus más fieles servidores, le agradeció por su congregación, le agradeció, también, por su buena salud. A eso de la media noche, se incorporó de la silla, se metió bajo las cobijas de su gran cama y como Dios manda, se quedó dormido. Juan Carlos Román Trujillo

  • Hablaron

    La primera vez creí que era un rescoldo de mi enfermedad. Creí que se trataba de una secuela frenética del delirium trémens que venía padeciendo en aquella época nefasta. Sin dar crédito a lo que escuchaba, afiné mis ojos y la visión no correspondía con lo que se adentró en mi oído para retumbar, machacón, dentro de mi cabeza. Se dirigía precisamente a mí, a mí, como si me conociera de antaño; me llamaba por mi nombre. La observé. La dejé sobre el comedor. La cambié de posición. La volví a meter dentro de la sopa, en el plato. La agarré y la llevé al lavaplatos. La lavé. La estregué una y otra vez. Quise dejarla en su sitio, en el platero, pero la cuchara seguía hablándome. Lo curioso no era que la cuchara me hablara. Lo curioso era que la cuchara no gesticulara de ninguna manera; era como si una voz, una voz de mujer, viviera dentro de ella y sin razón alguna, porque sí, le hubiese dado por conversar conmigo. Dos días después de la cuchara le tocó el turno al cepillo de dientes. Era la voz áspera, gangosa y entrecortada de un fumador empedernido. A diferencia de la amable cuchara el cepillo de dientes me llenó de improperios. Que yo era un hijueputa. Que la crema dental que utilizaba no le gustaba. Que odiaba mis dientes despicados. Que aborrecía tener que lavar mi rosada lengua. Que detestaba el sabor acibarado de mi saliva. Que despreciaba enormemente el porta-cepillo donde lo guardaba. Que maldecía la hora en que lo compré. Como nunca me ha gustado el conflicto, acomodé el cepillo de dientes en su lugar con la firme intención de no utilizarlo más. Y así lo hice. A la mañana siguiente compré un cepillo de dientes menos grosero, un cepillo de dientes más amistoso. Por esos días la almohada, la cobija, la cama y el colchón también empezaron a hablar. A la almohada le gustaba susurrarme historias, como cuentos para dormir. A la cobija, con su voz de anciana, le gustaba llenarme de consejos: que debía dormir más; que debía dejar de beber; que no era bueno que fumara; que me consiguiera una novia… La cama siempre se ponía a discutir con la cobija. Le oía decir cosas como: ¡no sea metida, vieja malparida!; entonces la cobija empezaba a sollozar y se quedaba en silencio el resto de la noche. Al colchón le encantaban las historias lujuriosas. Hablaba de los arenes que existían en Mesopotamia; de cómo los Mayas desfloraban a las doncellas; de los aquelarres de las brujas de la edad media; de las orgias de los Romanos y los banquetes de los antiguos griegos. Yo sufría una gran excitación escuchando las historias del colchón, tanto, que la cobija y la cama se exasperaban conmigo, mandándome a dormir en el suelo, en la otra habitación. Cuando mis zapatos hablaron ya no lo aguanté más y desde entonces estoy aquí, recluido en este centro de reposo que no es más que un manicomio. Aunque, lo sé bien, yo no estoy loco, es mejor que estos médicos y enfermeros estén vigilándome. Además, me gustan las drogas que me dan. Puedo dormir largamente. Desde que estoy aquí, en esta habitación sin cama, no me permiten utilizar ropa alguna. Tampoco puedo utilizar utensilios de aseo. La comida me la da un enfermero en una manguera que, claro, también me habla, pero yo no le presto atención a lo que dice. Seguramente este estado, apartado de los objetos, no me permita vivir mucho tiempo más, pero no me preocupa; pues, no me preocupa morir como nunca me preocupó vivir. Lo único que lamento es no poder hablar, de cuando en cuando, con una cuchara, un lapicero, un encendedor, un cuchillo o un par de medias. Pero es un medio lamento, porque, desde que me tengan drogado, sin lugar a dudas estaré mejor. Juan Carlos Román Trujillo

  • Por el inodoro

    “Crémenme y arrojen mis cenizas por el inodoro de la casa de mi madre”. Este fue el único deseo post mortem que Catalina dejó escrito en la nota ensangrentada que se encontró apretujada en la mano izquierda de su cadáver. Al lado de la cama, en el suelo, se encontró la navaja de afeitar, también ensangrentada, de su papá. Su cuerpo esbelto vestía solamente un juego de ropa interior negro, brasier y calzón. Se había acostado, cuan larga era, sobre el edredón sin destender la cama. Su cabellera negra estaba desparramada sobre la almohada y su cara, con sus hermosos ojos abiertos de par en par, apuntaba hacia la ventana abierta; su boca estaba cerrada, como si antes de morir se hubiera untado algún tipo de pegamento en sus labios. Sus brazos, con las muñecas cercenadas, estaban cruzados sobre su pecho. Por sus costillas, a izquierda y a derecha, se veían costras de una sangre negruzca y bajo la cama había un charco de sangre pegachenta sobre el cual revoloteaban unas cuantas moscas. Un hedor tenue, pero putrefacto, ahogaba el lugar. El resto de la habitación estaba en su estado normal, es decir, en un orden impecable. Si hubiésemos sabido que esa noche Catalina se suicidaría le hubiésemos dicho cuánto la queríamos. Esa muchacha escuálida, de piernas largas, ojos grandes y pelo negro, nos había cambiado la vida. A su manera, a cada uno de nosotros nos enseñó a ser una mejor persona. A Daniel le enseñó a creer en sí mismo. A Eduardo a expresar sus sentimientos. A Andrés a dejar de ser temeroso, a ser valiente. A mí me enseñó que entre una mujer y un hombre la amistad sí es posible. A ninguno de los cuatro nos extrañó que se hubiese quitado la vida, pero cada uno de nosotros sintió una pena tan profunda con la noticia de su muerte, un dolor tan irremediable, que entendimos al instante que algo de nosotros también había muerto con Catalina y a diferencia de ella tendríamos que seguir viviendo con eso muerto dentro. De entre nosotros, el único que pudo estar en el velorio de Catalina fue Eduardo. Daniel volaba hacia Ciudad de México a continuar sus estudios. Andrés estaba internado en la Clínica central, en coma, después de una sobredosis de cocaína y alcohol. A mí me tenían detenido, en el calabozo de la U.R.I., por sospecha de asesinato. Eduardo me contó que durante todo el velorio y delante del crematorio no se escuchó rezo alguno; que nadie lloró y que durante toda la ceremonia fúnebre se mantuvo un silencio inalterable; todo por orden del papá de Catalina. El mismo día que me dejaron en libertad (pero aún bajo sospecha de asesinato), veinte días después del funeral de Catalina, Andrés salió del coma. Eduardo me llamó y quedamos en ir a visitarlo. A las dos de la tarde, cuando entramos en la Clínica central, encontramos a Daniel, sentado, con un enorme morral repleto y sucio que sostenía sus piernas estiradas, mirando las noticias en la televisión de la sala de espera. ¡Quiubo, guevones! -nos dijo, sonriéndonos, cuando nos vio-. No era que tuviésemos una especie de pacto, que hubiésemos tramado algún tipo de acuerdo, pero los cuatro sabíamos, cada uno de nosotros en su fuero interno sabía que, como Catalina, nosotros también nos suicidaríamos. Era como si Catalina nos hubiera mostrado y abierto una puerta por la cual debíamos entrar. Y también sabíamos que el próximo en morir sería Andrés, de hecho, que saliera del coma era la frustración de su primer intento de suicidio. Esa tarde no pudimos ver a Andrés, a eso de las seis de la tarde una enfermera nos informó que había sido trasladado a la sala de cuidados intensivos y que allí las visitas eran restringidas. Cuando Eduardo me presentó a Catalina lo que más me impresionó fue la jovialidad de ésta; era como si siempre hubiésemos sido amigos. Esa noche los tres nos emborrachamos afuera de un bar, en el andén. Una semana después me encontré con ella a la salida de la universidad y caminamos, charlando, catorce abajo, hasta su casa. Quedamos en volvernos a encontrar al día siguiente, en el parque Sucre, para hacer algo. Al día siguiente, no sé por qué, pero ahí estaba yo, a las dos de la tarde, sentado, en el parque Sucre, esperando a Catalina. Cuando la vi, su delgada cara venía iluminada por la más hermosa de las sonrisas, casi una risa, con su cabello negro recogido tras la oreja derecha. No supe cómo saludarla y ella, sonriendo, me besó en la mejilla. Nos echamos a caminar catorce arriba. Compramos vino y bebiendo, fumando, charlando y caminando, la noche nos encontró. La acompañé hasta su casa. Me despidió de otro beso en la mejilla y mientras cruzaba la portería me gritó: “Gracias”. Seguí caminando catorce abajo pensando en ese “gracias”, pues ¿gracias de qué? Eduardo llamó a Daniel y Daniel me llamó a mí; Andrés había muerto a las dos y cuarenta de la madrugada en la sala de cuidados intensivos de la Clínica central; paro cardiaco. Al día siguiente, a la una de la tarde, los tres llegamos borrachos al velorio. Un taxi nos llevó hasta el cementerio siguiendo el carro mortuorio. Esa tarde de martes llovió. A pesar de que eran las cuatro de la tarde el cielo parecía un cielo de seis de la tarde, se había oscurecido. Todos los concurrentes se protegían de la lluvia con sombrillas excepto nosotros tres. Cuando depositaron el ataúd en el hoyo, cada uno de nosotros cogió un puñado de tierra mojada y se lo tiró encima. Salimos inmediatamente del cementerio y abordamos un taxi hasta la casa de Daniel. Seguimos bebiendo. La mañana en que Andrés fue a la casa de sus padres para comunicarles que era gay, Catalina lo acompañó. Todo el trayecto lo escuchó atentamente y cuando por fin dejó de hablar, Catalina le confesó a Andrés que ella era bisexual. Dejaron de caminar, como si se hubiesen congelado por un segundo. Entonces se miraron, sonrieron y se abrazaron. Andrés besó a Catalina en la boca, como puede besar un niño a su madre. Catalina lo animó a seguir y continuaron el camino cogidos de la mano. Al llegar, Andrés entró solo a la casa de sus padres. Catalina lo esperó cuatro horas y cuarenta y cinco minutos, enfrente, en un café. Cuando Andrés salió de la casa de sus padres, de dos saltos atravesó la calle. Catalina salió del café y se echaron a caminar. Mientras caminaban, Andrés se sentía como nuevo, como si fuese otra persona o como si hubiese vuelto a nacer. Catalina lo miraba encantada. Miraba cómo Andrés silbaba, bailaba, cantaba, brincaba, abrazaba los postes de energía, se encaramaba en las banquetas públicas, se despelucaba, hacía muecas graciosas e intentaba hacer piruetas de toda índole. Las personas que se encontraron en el camino se apartaban de ellos, asustados, atónitos, desconcertados. Andrés invitó a Catalina a tomar algo y se adentraron en el primer bar que encontraron. Cuando estaban algo ebrios, Andrés le dijo a Catalina que sus padres no lo querían volver a ver jamás. Esa noche, ambos se emborracharon y se fueron a dormir juntos, en el apartamento de Andrés. Cuando sonó el disparo, yo estaba dormido en el suelo, con la cara hundida en mi propio vómito. Como si lo supiera de antemano, me paré de un brinco y me apresuré hacia el baño. Ahí estaba, Daniel se había volado los sesos con el revólver calibre treinta y ocho de su papá, un día después del entierro de Andrés. Me temblaron las rodillas y contra la pared del corredor, contemplando la cabeza destrozada de Daniel, me fui de culo al piso. Eduardo estaba tan intoxicado con alcohol, marihuana y cocaína que el estruendo del tiro no lo despertó, a pesar de que estaba acostado sobre un colchón tirado en el suelo, en la habitación inmediatamente contigua al baño. Cuando los policías llegaron, les tocó violentar la puerta porque yo no fui capaz de ponerme en pie y Eduardo seguía en su tremenda intoxicación. A mí me sacaron esposado. A Eduardo lo sacaron entre dos policías, cogiéndole uno los brazos, el otro los pies. Nos trasladaron en la misma camioneta de policía y nos metieron en el mismo calabozo, en el barrio Santander. A la mañana siguiente, Eduardo seguía sin despertar. La beca completa para estudiar la maestría en México se la había conseguido Catalina a Daniel. Dos años antes, cuando éste terminó su pre gradado sabía que sus estudios habían concluido. Con mucho esfuerzo, trabajando aquí y allá, había podido costearse los diez semestres de su licenciatura en biología; pero ya no podía más. Su casa, única herencia de su papá, estaba a punto de ser embargada por el banco y tenía que empezar a ejercer pronto para no dejarse quitar la única propiedad que tenía en el mundo y lo único que lo ligaba con sus padres muertos. Desde niño a Daniel le gustó el estudio; le gustaba aprender, le encantaba conocer nuevas ideas, deseaba abrir su mente. Catalina le empezó a prestar libros de su biblioteca personal. Así fue como Daniel leyó a Dostoyevski, a Flaubert, a Céline, A Grass, a Kawabata, a Nabokov… Daniel devoraba los libros que Catalina le prestaba. Una tarde, mientras tomaban café en un bar del centro, Catalina le mostró un cuento que ella había escrito. Daniel lo leyó. Catalina vio cómo los ojos de Daniel se llenaron de lágrimas cuando terminó de leer. Entonces Catalina le propuso que iniciaran una competencia de cuentos, que cada semana cada uno escribiría un cuento, que se los intercambiarían para leerlos y entre los dos decidirían cuál era el mejor de los cuentos. Daniel, después de muchos rodeos, aceptó, como a regañadientes. Cuando Catalina leyó el primer cuento que Daniel escribió, titulado Las moscas, supo qué era lo que tenía que hacer. Envió una copia del cuento de Daniel a la Universidad autónoma de México con la documentación necesaria para la solicitud de una beca de estudio en literatura. Al cabo de seis meses recibió la respuesta. Daniel tenía una beca completa para empezar su maestría de literatura en México. Cuando menguó mi anonadamiento me acerqué a Eduardo para comprobar que estuviera vivo. Sí, respiraba. Lo sacudí con todas mis fuerzas hasta que, veinte minutos después, empezó a recobrar la conciencia. ¿Qué pasó, guevón?- fue lo primero que dijo-. Me quedé en silencio, mirando sus ojos vidriosos, su cara empapada de sudor y el temblor de sus brazos y piernas. ¿Dónde estamos, marica? -preguntó-. Yo seguí callado, mirándolo fijamente a los ojos. Un policía entró gritando hijueputadas, con un manojo de llaves en una mano y el bolillo en la otra. Abrió la puerta de la celda y dijo: “se pueden ir”. Ya en la calle, hicimos parar varios taxis pero ninguno nos quiso llevar después de que les explicara que le pagaríamos en la casa, ya que no teníamos plata. Quizá ninguno nos llevó porque nuestro aspecto cadavérico los asustaba o quizá porque los taxistas de acá son una manada de malparidos, en todo caso, nos tocó caminar. Acompañé a Eduardo, a pie, hasta su casa, lo vi entrar y cerrar la puerta. Entonces caminé otras tres horas hasta llegar a la mía. ¡No digan maricadas! -les decía-, ya a ella, ya a él, ya a ambos, siempre que decían que lo de ellos fue amor a primera vista. Quizá sí, quizá Catalina y Eduardo se enamoraron la primera vez que se miraron a los ojos. Pero como yo no creía en el amor y mucho menos en el amor a primera vista, me exasperaban siempre que se regocijaban hablando de aquello que compartían. Lo cierto es que cuando estaban juntos todo parecía ser mejor. Catalina se veía más bella y Eduardo se mostraba mucho más alegre y cordial que de costumbre. Desde que Eduardo le dio el primer beso a Catalina y ésta le regaló su primer abrazo, ambos muchachos supieron, sin decir palabra alguna, que sus existencias no podrían seguir estando separadas. Catalina le mostró a Eduardo el mundo de los libros, del estudio y del arte. Eduardo, a su vez, le mostró a Catalina el mundo de las calles, de la vida ordinaria y la camaradería. Al poco tiempo decidieron irse a vivir juntos y alquilaron una pequeña casa, a las afueras de la ciudad. La casa del pecado, la bautizaron. Eduardo se matriculó en la universidad en el programa de filosofía y Catalina terminó su maestría en educación. Cuando salían de sus respectivas clases, se tomaban un par de cervezas a las afueras de la universidad y se encaminaban, a pie y fumando marihuana, hacia su casa. Siete días después de la muerte de Daniel, quizá por el delirium trémens que venía padeciendo, Eduardo se ahorcó con el cable del televisor, colgado en una de las vigas del patio de su casa; La casa del pecado. Yo lo visité tres días antes. Nos tomamos dos botellas de whisky en silencio, escuchamos los sonidos de la noche y nos quedamos dormidos, en el patio, bajo la luz de una luna llena. En la mañana preparé un buen desayuno (huevos pericos, arepa con mantequilla y queso, café con leche, jugo de naranja, pandebonos frescos) que ninguno de los dos pudo comer. A eso de las diez de la mañana salí de su casa, en silencio, sin despedirme de él. Cuando volví a mí casa, después del entierro de Eduardo, me acosté sin sueño. Entonces volví a pensar en Catalina. Con los ojos cerrados recordé su hermosa sonrisa, su cabello negro recogido tras su oreja derecha y recordé su dulce voz diciéndome “gracias”. Estiré el brazo izquierdo, abrí el cajón del nochero, tantee con los dedos de mi mano extendidos y agarré el sobre. Lo puse sobre mi pecho. Con los dedos juguetee con el sobre que contenía el veneno en polvo que me permitiría pasar por la puerta que nos mostró y abrió Catalina. Pensé horas y horas en aquella puerta hasta que me quedé dormido. Juan Carlos Román Trujillo

  • Veinticuatro horas de un pusilánime

    En la pequeña ciudad donde vivía no ocurría nada. Tampoco ocurría cosa alguna en el país en el que vivía. De hecho, en el mundo en que vivía nunca pasaba nada. Las mañanas seguían a las noches. Los años pasaban. Las gentes y las cosas nacían, envejecían, morían y luego eran olvidadas. Esa mañana, como todas las mañanas, David tuvo la certeza de encontrarse con una de dos posibilidades: o se moría o seguía vivo. Seguía vivo. Cuando llegó al trabajo, saludó cortésmente a sus compañeros y mientras se vestía el uniforme pensó que, al final de la jornada, o lo echarían, o renunciaría o seguiría, al día siguiente, con trabajo. Entonces, al finalizar la jornada, salió del trabajo tan cansado como había entrado. Seguía con trabajo. Se echó a caminar y pensó que podía subirse a un bus, parar un taxi, hacer autostop o simplemente, dirigirse caminando hasta su casa. Llegó a su casa en bus. Mientras giraba la llave en la puerta de su casa pensó que su mujer podía estar esperándolo, o que podía estar acostada con otro en su propia cama, o que podía haberse largado, o que podía estar muerta, o que estaría preparando la comida y lo saludaría con una bella sonrisa. Su mujer lo saludó con una sonrisa no tan bella; seguía estando. Mientras preparaba la comida para ambos, David pensó que podía sazonar el pollo con laurel, o con tomillo, o con albahaca, o con ajo, o quizá con algún veneno, con cianuro o con estricnina. Sazonó el pollo con ajo. Comieron. Cuando se acostaron en la gran cama doble pensó que podían hacer el amor, o que su mujer podía tener la regla, o que quizá él no alcanzaría la erección, o que podían tener sexo oral, o que él la podía sodomizar (o quizá ella a él), o que se podrían quedar dormidos. Se quedaron dormidos. Esa noche soñó. Entonces David soñó que era más apuesto, o que era más adinerado, o que era más inteligente, o que era más agradable, o que estaba menos enfermo, o que era más aventurero, o que era más joven, o que seguía siendo él mismo. Se despertó y siguió siendo él mimo. Cuando sintió que su mujer empezaba a despertar, pensó que podía abrazarla, o susurrarle al oído que aún la amaba, o besarle la nuca e introducirle su erección mañanera, o darle los buenos días, o ahogarla con la almohada, o estrangularla con sus manos, o matarla a golpes, o simplemente decirle que la odiaba. David le dio los buenos días a su mujer. Mientras se bañaba con el agua helada de las seis de la mañana, pensó que podía empezar a estudiar, o empezar a leer un libro, o practicar algún deporte, o conseguirse una amante, o dejar a su mujer, o cambiar de trabajo, o irse para otro país, o tener un hijo, o comprar un par de medias. Entonces compraría un nuevo par de medias. Cuando David salió de la casa a esperar el bus de las siete y media de la mañana, pensó que podía abordar la ruta veintiocho, o largarse y nunca más volver, o asaltar un banco, o quemar un iglesia, o asesinar al alcalde, o iniciar un grupo guerrillero, o montar una iglesia cristina, o iniciar una empresa exitosa de agua embotellada, o dedicarse a la música, o simplemente conquistar a la mujer de la que siempre estuvo enamorado. Entonces abordó la ruta veintiocho y se dirigió al trabajo. Cuando David, en el bus que lo llevaba a su trabajo, atravesó la pequeña ciudad donde vivía y en la que no ocurría nada, en su mente se arraigó la creencia que en el país en el que vivía tampoco ocurría cosa alguna, ni siquiera en el mundo en el que él vivía. Y así, sin que pasara cosa alguna, David vio cómo pasaban las mañanas seguidas de sus noches; vio cómo los años pasaban; vio cómo las gentes y las cosas nacían, envejecían, morían y luego eran olvidadas. Juan Carlos Román Trujillo

  • Metamorfosis

    El anciano pasaba hoja tras hoja del álbum, mirando las fotos. Había vivido una vida plena. Había estudiado, trabajado, viajado, amado; había tenido hijos, nietos y bisnietos. A veces, en las madrugadas, recorriendo de aquí para allá toda la gran casa desolada, se sentía solo. Extrañaba más que todo a su mujer. Nueve años atrás la había enterrado; cáncer de pulmón. Él también fumaba pero nada, la muerte no se lo llevaba; pulmones de atleta, le decía su médico. Cerró el álbum de fotos, lo acomodó en su sitio, en la estantería de la sala y se dirigió al baño. Hacía algunos años que orinaba con gran dificultad, por eso, hacía algunos años orinaba sentado sobre la taza del inodoro, como las mujeres. Era como si las gotitas de orina se arrastraran por su vieja uretra con una extraordinaria pereza y así, cada vez que orinaba, se le iban quince o veinte minutos de su precioso poco tiempo. Se lavó las manos y se miró en el espejo. Se hizo así mismo una grotesca mueca y se encaminó a su habitación. Se descalzó las pantuflas y se echó sobre su enorme cama doble, a dormir. Se durmió de inmediato. No fue un sueño, pues ya ni siquiera recordaba la última vez que soñó. ¡No, no fue en sueño!, fue un recuerdo. Una madrugada, cuando iba a cumplir veinte años y aún vivía con sus padres, sus tres hermanos y la hermana de su madre, la tía, despertó sintiendo una gran incomodidad entre sus piernas. Se tanteó la entrepierna con sus dos manos y sintió algo que antes no estaba ahí. Con los ojos cerrados, casi al borde del llanto, agarró aquello; lo acarició, lo jaloneó, lo palmoteó, lo estiró queriendo arrancárselo y no pudo. Llorando en silencio levantó la cobija para verlo con sus ojos humedecidos. Antes de mirar, les rogó a todos los dioses, a todos los santos y a todos los diablos que no fuese lo que creía que era. Pero ni lo dioses, ni los santos, ni siquiera los diablos, escucharon su ruego. Ahí estaba, tenía un pene entre sus manos; un pene de ella. Desnudó todo su cuerpo y se miró en el gran espejo del tocador queriendo asegurarse de aquello; queriendo que sólo fuese que su clítoris se hubiese agrandado; pero su clítoris no se agrandó, siguió igual, abajito de su nuevo pene. Lo que más le preocupó fue lo que le iba a decir su novio; ¿acaso la seguiría queriendo ahora que tenía un pene? Luego, pensó en su equipo de vóleibol, ¿cómo haría para esconderse aquel miembro y que nadie lo notara con el chicle puesto? Entre estas cavilaciones, supo de inmediato que debía pasar de toallas higiénicas a tampones; se sintió aliviada. Pensó que tal vez podría hacerse una cirugía, que le cortaran aquel extraño falo, pero, ¿de dónde sacaría el dinero para tal operación, además, a qué clínica podría dirigirse? Quiso llamar a su madre de un grito pero se contuvo; ¿qué le diría?, ¿acaso sería capaz de mostrarle a su madre su nuevo y reluciente pene? Un poco más tranquila, pensó si aquél miembro flácido podría alcanzar una erección. Entonces se echó sobre la cama, cerró los ojos, dejó volar su imaginación y lo acarició suavemente. Un instante después, un sudor frío le rodaba por su cuello, por sus senos redondos, por su ombligo. Jadeando, seguía acariciando su pene con más convicción y de pronto algo tibio se disparó de él. Sintió que todo su cuerpo de muchacha se contraía, olvidándose de todo y de sí misma por un instante fugaz. Se limpió con la cobija el semen chorreante que le quedó en los dedos. No se percató de su erección pero supo que se había masturbado, como hombre, por vez primera. Cuando se recompuso de aquél estaxis, se preguntó cómo era posible que hubiese eyaculado semen sin tener testículos. Pensó en esto hasta que volvió a quedarse dormida. Reflexionando con calma, aquello del nuevo pene no era algo tan horroroso como pareció serlo al principio. Si bien tuvo que soportar las insinuaciones libidinosas de su hermana mayor cuando le pidió una cajita de tampones; si bien tuvo que retirarse del equipo de vóleibol; si bien tuvo que terminar con su querido novio; ahora, con una vagina y con un pene, podía experimentar estados sexuales que jamás había imaginado. Pero, ¿tendría que encerrarse perpetuamente en la autosatisfacción, en la masturbación? ¿Acaso podría, con su doble sexo, volver a hacer el amor con alguien? ¡No, no podría volver a hacer nunca más el amor con alguien! El secreto de su pene se lo llevaría a la tumba, costara lo que costara. Andando el tiempo empezó a sentirse bien. Seguía extrañando a su novio pero poco a poco lo iba olvidando. Asimismo, poco a poco, fue dejando de utilizar chicles, shorts ceñidos y pantalones ajustados. Se vestía de una manera encantadora, con faldas, vestidos o pantalones anchos. Todo empezaba a marchar bien. El mismo día que sus senos desaparecieron empezó a aparecer el boso y la barba en su bonita cara de muchacha. Entonces supo que debía esfumarse. Antes de que alguien se levantara abandonó la casa de sus padres para nunca más volver. Dejó una nota diciendo (mintiendo) que se iba al extranjero para casarse con el amor de su vida. Con los escasos ahorros que tenía se fue alejando de su familia, de pueblo en pueblo, de ciudad en ciudad. Se alojaba en hoteles de mala muerte y comía la comida más barata que encontraba por donde pasaba. Una semana después, tenía que afeitarse la cara diariamente para que nadie la descubriera. A lo largo de un año trabajó como mesera, lavó platos, desyerbó jardines y siguió viviendo como una muchacha, como una mujer normal. Todas las noches, antes de dormirse, en los horribles cuchitriles donde se alojaba, se dedicaba a las delicias de la masturbación de los dos sexos de los cuales era dueña. Siempre quedaba exhausta y se dormía al instante. Cuando notó que su cadera se había angostado y que la curva de su cintura había desaparecido, creyó que era el momento justo de empezar a vestirse como un hombre. Y así lo hizo. Compró dos mudas de ropa usada y un par de zapatos talla 36, que casi no encuentra. Luego, en el baño sucio de un hotel de pacotilla, cortó, ella misma, su hermoso cabello negro. Se miró en el espejo y no supo qué hacer con sus cejas, con sus pestañas y con sus ojos; seguían siendo de mujer. A la mañana siguiente no se afeitó y así se dejó un poquitín de barba y una sombra de boso en la cara. Pero, su voz, ¿qué podía hacer con su voz, con su aguda, melodiosa y dulce voz de muchacha? Entonces ahí, velozmente, decidió que se haría pasar por mudo en el próximo pueblo al que llegara. El mudo encontró trabajo fácilmente en la bodega de un supermercado, porque era mudo y no sordo. Sin mucho esfuerzo se acostumbró a su vestimenta de hombre. Al poco tiempo, sus gestos y movimientos habían perdido cualquier atisbo de femineidad. Sería un hombre en toda regla de no ser por sus cejas, sus pestañas, sus ojos y claro, por su vagina, pero ésta nadie la veía. Seguía masturbándose todas las noches, desdoblándose en sus estaxis dobles hasta que el agotamiento no le aportaba nada más que el sueño. Una noche, cuando se masturbaba como mujer, empezó a notar que su vagina no se dilataba como de costumbre, que después de introducir un dedo al segundo no era posible introducir. Cuando despertó, antes de levantarse, se palpó la entrepierna y sus labios, su clítoris, su vulva, su vagina ya no estaban. Ni siquiera notó ningún cierre, como una cicatriz. Nada. Ahí sólo quedaba un pene sin testículos. ¿Acaso ya era hora de volver a hacer el amor con alguien? Pero, ¿qué dirían de su falta de testículos? ¡No, no era hora de hacer el amor con alguien, nunca volvería a hacer el amor con alguien! Entre triste y contento por el nuevo orden de las cosas, decidió masturbarse, claro está, sólo como hombre, antes de levantarse para ir a trabajar. Seguía siendo mudo y trabajando en la bodega de un supermercado cuando, mientras se cepillaba los dientes en el baño de una habitación de un hotel de mala muerte, vio en el espejo que sus cejas se habían vuelto más pobladas y rectas; vio que sus pestañas se habían vuelto más lacias y cortas y vio que sus ojos se habían empequeñecido, perdiendo, a la vez, un poquito de su habitual brillo. Primero sonrió y luego, con el cepillo de dientes entre su boca, río. De la risa pasó a la carcajada. Entonces no escuchó una carcajada de muchacha sino una carcajada de muchacho. Se sacó el cepillo de la boca, se enjuagó y empezó a cantar. ¡Sí, ahí estaba! Ahí estaba la voz que estaba esperando; ahí estaba esa voz grave, sin armonía y áspera de hombre. Se acostó alegre y empezó, como de costumbre, a masturbarse. Imaginó poseyendo su propio cuerpo, el cuerpo que antes tenía. Imaginó acariciando y besando aquellos senos redondos que antes fueron suyos; imaginó introduciendo su pene en aquella vagina que antes fue la suya. El orgasmo de aquella noche fue monumental. Perdió la consciencia. A la mañana siguiente, cuando abandonó el pueblo, se fue hablando con el chofer del bus todo el trayecto. En la capital encontró fácilmente trabajo. Primero trabajó como ayudante de panadería; luego, haciendo domicilios en una farmacia; posteriormente, como portero de un edificio. Ahí, como portero, fue cuando empezó a estudiar en la universidad Nacional. Terminó su carrera y empezó a ejercer inmediatamente. Se convirtió en un gran abogado. Se casó y se separó. Se volvió a casar y tuvo dos hijos. Se volvió a separar y se volvió a casar con su última esposa, la que a veces extraña, la que murió de cáncer en el pulmón. Los testículos le fueron apareciendo poco a poco; empezó como una verruga que se fue agrandando semana tras semana. A la edad de veintidós años volvió a hacer el amor con una preciosa muchacha que trabajaba de mesera en la panadería donde él también trabajaba. Aquella ocasión, cuando eyaculó por vez primera dentro de una vagina, fue la segunda y última vez que perdió la consciencia gracias a un orgasmo. Aún acostado en su gran cama doble, boca arriba, como mirando el cielorraso, el anciano pensaba si era preciso llevarse aquél secreto a la tumba. Pero, ¿qué le dirían sus hijos si supiesen lo que antes había sido? Ahora bien, ¿qué culpa podía tener él de aquella extraña metamorfosis? Además, ¿acaso todas las personas no experimentan drásticos cambios a lo largo de sus vidas?... El anciano recordó a su mujer muerta, cerró los ojos y volvió a dormirse. Juan Carlos Román Trujillo

  • La muerte del Negro Guzmán

    Bajo el inclemente sol de la una de la tarde el pueblo seguía arremolinado alrededor de la estación de policía. De acuerdo a las brutales arengas de la muchedumbre enfurecida aquello iría para largo. El teniente López, desde la ventana del segundo piso, miraba consternado el creciente acaloramiento de los parroquianos que exigían justicia a toda costa. Los dos cabos, García y Muñoz, empapados de sudor, enmudecidos y aterrorizados, cargaban y volvían a descargar con nuevas municiones los revólveres, las pistolas, las escopetas y las metralletas, que iban acomodando sobre el escritorio del jefe López, al lado de las granadas de mano. A ninguno de los tres policías se le pasó por la cabeza, en ningún momento, entregar al detenido a aquella horda acezante que, sin lugar a dudas, lo lincharía, saciando así, con sangre, su deseo de justicia. Otro tiro de revólver se escuchó en la calle seguido de la mil veces repetida proclama: “muerte, muerte para el asesino”. A eso de las once de la noche, mientras él seguía mirando la televisión en la sala, escuchó el frenazo, el abrir y cerrar de puertas y la posterior acelerada de un carro en la calle. Cuando miró por la ventana vio un bulto tirado sobre el andén de su casa. Se apresuró hacia la puerta y abrió. Miró el cabello castaño pegachento sobre su espalda. Vio el vestido blanco arrugado, rasgado y mugriento. También observó el calzón mal puesto a la altura de las pantorrillas. Se percató de que le faltaba uno de sus zapatos. Y vio que los muslos de su hija estaban ensangrentados y sucios. Hacía muchos años que nadie le decía Negro; menos aún, desde que se hizo alcalde. A partir de su primer mandato ya era querido por la mayoría del pueblo. Cumplía con esmero su tercer periodo por elección casi unánime tratando de mejorar no su posición sino la vida de las personas bajo su pequeño gobierno. Era un buen alcalde y se enorgullecía de serlo. Los curas lo querían, los policías lo querían, el gobernador lo quería, los maestros lo querían, los comerciantes lo querían, las personas que trabajaban con él lo querían, su familia lo quería y también, claro está, la gente de a pie lo quería. No era que hubiese colaborado con la mejoría de las condiciones de vida de las personas, porque, como a veces lo decía: “¡en este país de mierda todo está cagado!”. En realidad, el pueblo seguía siendo casi el mismo de antes que él; las mismas calles sin pavimentar, las mismas aulas del colegio sin pupitres, las mismas casuchas de bareque por doquier, el mismo servicio de trasporte público apretujado, los mismos almacenillos de ventas de baratijas… Pero sí era cierto que el alcalde Guzmán se preocupaba por las personas y hacía todo lo que estuviera en sus manos para ayudarlas. El teniente López no dio la orden, sino que él mismo abrió fuego. Los cabos García y Muñoz se miraron perplejos tras el estallido del disparo. La muchedumbre se desbandó rápidamente a izquierda y derecha, a gritos, a empujones, a pisotones y pescozones, dejando ver, en solitario, un cuerpo de hombre adulto tirado en la mitad de la calle. La sangre formó un charco reluciente que se extendía bajo la espalda del hombre muerto. El jefe López siguió apuntando el revólver a mano firme, desde la ventana del segundo piso, sin decir palabra alguna. Los dos cabos le quitaron los seguros a sus metralletas y se tiraron al suelo, boca abajo, en el corredor del primer piso, apuntando hacia la puerta de la entrada de la estación de policía. A las once y diez de la noche levantó el cuerpo sin vida de su hija, entró, cerró la puerta de la casa y descargó a la muerta sobre la alfombra de la sala. Apagó el televisor y se sentó en la misma mecedora donde, no hacía más de un momento, veía tranquilo una película vieja, mientras esperaba a que su hija, viva, regresara a casa. Posó su mirada sobre aquel cuerpo asediado por el rigor mortis y se estuvo contemplándolo el resto de la noche y todo el amanecer. Ni lloró, ni rezó, ni se encolerizó. Supo con extraordinaria claridad, desde el primer momento, qué era lo que tenía que hacer. Por una de esas cosas que nadie puede explicar y a algunos les da por llamar Destino, la última noche con vida del alcalde Guzmán no la pasó en su casa, en el parque del pueblo, sino en la finca de su hijo mayor, Rafael, a tres kilómetros de distancia, hacia el sur. A pesar de lo desaforado de la parranda, la mañana siguiente, la última de su vida, llegó a la alcaldía con la puntualidad de siempre, a las siete y cincuenta y cinco. Saludó cortésmente, como era habitual, al vigilante de la portería. Cruzó el pasillo y subió las escaleras hasta su oficina y al entrar en ésta, le preguntó a María, su secretaria, cuál era el orden del día. María, después de darle los buenos días a su jefe, le extendió un folio que contenía todos los asuntos oficiales que debían ser atendidos en el transcurso de la jornada. Con su acostumbrada cortesía le pidió a su secretaría una taza de café negro y se adentró en su despacho. Después de dejar el folio sobre la mesa de reuniones, el alcalde Guzmán abrió el gran ventanal de su oficina que daba al parque, miró la iglesia, miró su casa y tras un par de suspiros, se acomodó en su escritorio de trabajo. Los teléfonos de la estación de policía seguían sonando y, asimismo, seguían sin ser atendidos. El teniente López bajó al primer piso, revólver en mano. Le indicó al cabo García que subiera a la segunda planta y en la ventana, ocupara su lugar. Al cabo Muñoz le hizo un gesto para que siguiera dónde estaba, en el suelo, apuntando la metralleta hacia la puerta de entrada. El jefe López se apresuró hacia el calabozo de la estación. El detenido estaba agarrado a los barrotes de la celda, con los sentidos alertas, pero con cierto aire de tranquilidad que al teniente López le pareció extraño. Cuando sus miradas se cruzaron ninguno de los dos, ni el policía ni el detenido, dijo cosa alguna. El teniente se sentó al final del corredor, en una banca, contra la pared. Completó la munición de su revólver y aguzó la vista hacia el otro extremo, hacia la entrada del calabozo. Siguió contemplando, inmóvil, el cadáver, el cuerpo ultrajado y sin vida de su joven hija, hasta las siete y cincuenta de la mañana. Se incorporó de la mecedora, se vistió la chaqueta, se dirigió a la cocina, agarró un cuchillo grande que enfundó entre el pantalón y su pierna izquierda y salió de su casa. Caminó a paso firme las seis cuadras que lo separaban de su destino. A las ocho en punto cruzó la plaza del parque. El vigilante de la portería de la alcaldía anotó su nombre en el libro de visitantes y lo dejó entrar. Cruzó el pasillo, subió las escaleras, atravesó la puerta del despacho del alcalde y encontró al Negro Guzmán sentado en su silla, detrás del escritorio, con los ojos cerrados pero despierto. Corrió hacia el alcalde mientras desenfundaba el cuchillo y saltando el escritorio, se lo clavó en medio de la garganta. Con un fuerte movimiento de la mano derecha le tasajeó la tráquea y vio, por un instante, la mirada atónita del Negro Guzmán mientras se desangraba y se afanaba por respirar. Cuando salió de la alcaldía, cruzó nuevamente la plaza del parque y se dirigió a la estación de policía, cuchillo ensangrentado en mano. Cuando lo encerraron en el calabozo el Negro Guzmán llevaba cinco minutos de estar muerto. La tarde que enterraron al alcalde, el detenido seguía estando en el calabozo de la estación de policía. Quiso, en lo más hondo de su alma, estar presente en el cementerio para volver a matar al Negro Guzmán. Su hija, violada y asesinada, fue enterrada un día antes, en la mañana, con la sola asistencia del teniente López y los cabos García y Muñoz. Dentro de la concurrencia multitudinaria del entierro del Negro Guzmán siguió oyéndose, en susurros, aquí y allá: “muerte, muerte para el asesino”. Juan Carlos Román Trujillo

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